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Vida de San Andres...apostol

jueves, 12 de noviembre del 2009 a las 00:46
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Breve:
Andrés, nacido en Betsaida, fue primeramente discípulo de Juan Bautista, siguió después a Cristo y le presentó también a su hermano Pedro. Él y Felipe son los que llevaron ante Jesús a unos griegos, y el propio Andrés fue el que hizo saber a Cristo que había un muchacho que tenía unos panes y unos peces. Según la tradición, después de Pentecostés predicó el Evangelio en muchas regiones y fue crucificado en Acaya.


SAN ANDRES nació en Betsaida, población de Galilea situada a orillas del lago de Genezaret. Era hijo del pescador Jonás y hermano (le Sinmón Pedro. La Sagrada Escritura no especifica si era mayor o menor que éste. La familia tenía una casa en Cafarnaún y en ella se alojaba Jesús cuando predicaba en esa ciudad.

Discípulo de Juan Bautista
Cuando San Juan Bautista empezó a predicar la penitencia, Andrés se hizo discípulo suyo. Precisamente estaba con su maestro, cuando Juan Bautista, después de haber bautizado a Jesús, le vio pasar y exclamó: "¡He ahí al cordero de Dios!" Andrés recibió luz del cielo para comprender esas palabras misteriosas. Inmediatamente, él y otro discípulo del Bautista siguieron a Jesús, el cual los percibió con los ojos del Espíritu antes de verlos con los del cuerpo. Volviéndose, pues, hacia ellos, les dijo: "¿Qué buscáis?" Ellos respondieron que querían saber dónde vivía y Jesús les pidió que le acompañasen a su morada.

Apóstol de Jesús
Andrés y sus compañeros pasaron con Jesús las dos horas que quedaban del día. Andrés comprendió claramente que Jesús era el Mesías y, desde aquel instante, resolvió seguirle. Así pues, fue el primer discípulo de Jesús. Por ello los griegos le llaman "Proclete(el primer llamado). Andrés llevó más tarde a su hermano a conocer a Jesús, quien le tomó al punto por discípulo, le dio el nombre de Pedro. Desde entonces, Andrés y Pedro fueron discípulos de Jesús.

Al principio no le seguían constantemente, como habían de hacerlo más tarde, pero iban a escucharle siempre que podían y luego regresaban al ladde su familia a ocuparse de sus negocios. Cuando el Salvador volvió a Galilea, encontró a Pedro y Andrés pescando en el lago y los llamó definitivamente al ministerio apostólico, anunciándoles que haría de ellos pescadores de hombres. Abandonaron inmediatamente sus redes para seguirle y ya no volvieron a separarse de EI.

AI año siguiente, nuestro Señor eligió a los doce Apóstoles; el nombre de Andrés figura entre los cuatro primeros en las listas del Evangelio.

También se le menciona a propósito de la multiplicación de los panes (Juan, 6, 8-9) de los gentiles que querían ver a Jesús (Juan, 12, 20-22)

Después de Pentecostés
Aparte de unas cuantas palabras de Eusebio, quien dice que San Andrés predicó en Scitia, y de que ciertas "actas" apócrifas que llevan el nombre del apóstol fueron empleadas por los herejes, todo lo que sabemos sobre el santo procede de escritos apócrifos. Sin embargo, hay una curiosa mención de San Andrés en el documento conocido con el nombre de "Fragmento de Muratori", que data de principios del siglo III: "El cuarto Evangelio (fue escrito) por Juan, uno de los discípulos. Cuando los otros discípulos y obispos le urgieron (a que escribiese), les dijo: "Ayunad conmigo a partir de hoy durante tres días, y después hablaremos unos con otros sobre la revelación que hayamos tenido, ya sea en pro o en contra. Esa misma noche, fue revelado a Andrés, uno de los Apóstoles, que Juan debía escribir y que todos debían revisar lo que escribiese".

Teodoreto cuenta que Andrés estuvo en Grecia; San Gregorio Nazianceno especifica que estuvo en Epiro, y San Jerónimo añade que estuvo también en Acaya. San Filastrio dice que del Ponto pasó a Grecia, y que en su época (siglo IV) los habitantes de Sínope afirmaban que poseían un retrato auténtico del santo y que conservaban el ambón desde el cual había predicado en dicha ciudad. Aunque todos estos autores concuerdan en la afirmación de que San Andrés predicó en Grecia, la cosa no es absolutamente cierta.

En la Edad Media era creencia general que San Andrés había estado en Bizancio, donde dejó como obispo a su discípulo Staquis (Rom. 14,9). El origen de esa tradición es un documento falso, en una época en que convenía a Constantinopla atribuirse un origen apostólico para no ser menos que Roma, Alejandría y Antioquía. (El primer obispo de Bizancio del que consta por la historia, fue San Metrófanes, en el siglo IV).

Martirio
El género de muerte de San Andrés y el sitio en que murió son también inciertos. La "pasión" apócrifa dice que fue crucificado en Patras de Acaya. Como no fue clavado a la cruz, sino simplemente atado, pudo predicar al pueblo durante dos días antes de morir. Según parece, la tradición de que murió en una cruz en forma de "X" no circuló antes del siglo IV.

En tiempos del emperador Constancio II (+361), las presuntas reliquias de San Andrés fueron trasladadas de Patras a la iglesia de los Apóstoles, en Constantinopla. Los cruzados tomaron Constantinopla en 1204, y, poco después las reliquias fueron robadas y trasladadas a la catedral de Amalfi, en Italia.

San Andrés es el patrono de Rusia y de Escocia
Según una tradición que carece de valor, el santo fue a misionar basta Kiev. Nadie afirma que haya ido también a Escocia, y la leyenda que se conserva en el Breviario de Aberdeen y en los escritos de Juan de Fordun, no merece crédito alguno. Según dicha leyenda, un tal San Régulo, que era originario de Patras y se encargó de trasladar las reliquias del apóstol en el siglo IV, recibió en sueños aviso de un ángel de que debía trasportar una parte de las mismas al sitio que se le indicaría más tarde. De acuerdo con las instrucciones, Régulo se dirigió hacia el noroeste, "hacia el extremo de la tierra"". El ángel le mandó detenerse donde se encuentra actualmente Saint Andrews, Régulo construyó ahí una Iglesia para las reliquias, fue elegido primer obispo del lugar y evangelizó al pueblo durante treinta años. Probablemente esta leyenda data del siglo VIII. El 9 de mayo se celebra en la diócesis de Saint Andrews la fiesta de la traslación de las reliquias.

El nombre de San Andrés figura en el canon de la misa, junto con los de otros Apóstoles. También figura, con los nombres de la Virgen Santísima y de San Pedro y San Pablo, en la intercalación que sigue al Padrenuestro. Esta mención suele atribuirse a la devoción que el Papa San Gregorio Magno profesaba al santo, aunque tal vez data de fecha anterior.

Platon y la Fe catolica...

jueves, 05 de noviembre del 2009 a las 01:42

El alma de los brutos

Tiene por objeto este artículo demostrar a todos aquellos que no encuentran sino semejanzas entre el hombre y el bruto, que entre uno y otro existen cuatro diferencias esenciales: el alma del hombredifiere esencialmente de la del bruto por las operaciones, por la naturaleza, por el origen y por el destino.

1° Admito, como se ve, que los brutos tienen alma. Al hacerlo así, no ignoro la desazón que causo a muchos espiritualistas, que no comprenden [111] cómo es posible, en buena lógica, dejar a salvo la preeminencia del hombre sobre el bruto, una vez que también a éste se le concede alma. Pero, por grandes que fueran los inconvenientes que resultaran de reconocer alma en el animal, no nos podríamos excusar de hacerlo así, si de ello encontramos una razón demostrativa: ahora bien, esta razón existe.

En efecto, el animal vive; luego tiene alma.

Por alma entendemos, en general, el primer principio de las operaciones vitales en los seres vivientes; principio que es distinto de las fuerzas físicas y químicas, como se demuestra por este argumento común a Santo Tomás y a Mr. Claudio Bernard; es a saber, que las propiedades características de los seres vivientes no pueden explicarse ni por la física ni por la química. (Véase el artículo Vida).

Si el alma no es otra cosa que el primer principio de las operaciones vitales, es evidente que habremos de admitir la existencia de un alma donde quiera que se produzcan operaciones vitales, como por ejemplo, fenómenos de sensibilidad, &c.

Ahora bien: tales fenómenos se producen en el animal tan perfectamente como en el hombre, y en ello nos confirman la anatomía y la fisiología comparadas. Deducimos, pues, que hay necesidad de reconocerle un alma.

Comprobada, pues, la existencia del alma, así en el hombre como en el bruto, ¿cabe señalar alguna diferencia esencial entre el alma del hombre y la del bruto?

Lo afirmo.

La primera diferencia esencial entre el hombre y el bruto consiste en que el hombre piensa y raciocina, mientras que el animal no practica ninguna de estas dos operaciones.

Se me preguntará desde luego qué entiendo yo por pensar y qué por raciocinar; voy a decirlo.

2° Pensar, según nosotros los escolásticos, es conocer lo inmaterial por medio de una facultad inmaterial. Siguiendo a Santo Tomás, contraponemos el pensamiento a la sensación o percepción sensible, caracterizada esencialmente por el hecho de tener [112] siempre por objeto un cuerpo, y por principio subjetivo un cuerpo también, quiero decir, un órgano.

De donde se sigue que, por pensamiento entendemos una percepción o conocimiento que tiene por objeto una cosa inmaterial, y por principio subjetivo una facultad inmaterial.

— Y ¿qué es raciocinar? 
— Es inferir una verdad de otra por medio de un principio general expreso o sobrentendido. Al hablar así, no creemos se nos pueda objetar cosa alguna, puesto que no se trata todavía más que de una definición de nombre, y nos es permitido dar a los términos el sentido que nos plazca, a condición de hacer una advertencia, si es que nos separamos del sentido que se les da ordinariamente, lo que no tenemos que hacer en el caso presente.

Antes de probar que el hombre piensa y raciocina, y que el animal ni piensa ni raciocina, quisiera desarrollar algún tanto esta noción del pensamiento en el ser que raciocina, exponerla de algún modo, y hacer ver todo lo que se contiene en esas definiciones cortas que no ocupan más de una línea.

Me atrevo a suplicar se preste la mayor atención a estas explicaciones –muy metafísicas en el fondo, pero que no lo serán tanto en la forma,– porque, si no me equivoco, han de arrojar nueva luz a la vez, acerca de la diferencia irreductible que separa al hombre del animal, y del valor filosófico de esas fórmulas profundas sí, pero redactadas con un laconismo lleno de misterios que a cada paso se encuentran leyendo a Bossuet, Pascal o Descartes; fórmulas que estos jefes ilustres de la escuela espiritualista francesa emplean siempre que quieren marcar de un modo preciso lo que caracteriza el alma del hombre, y la coloca fuera de toda comparación con respecto a la del animal: «La razón humana es un instrumento universal que se ejerce en todas direcciones.» (Descartes). «En nuestra razón, una reflexión evoca otra reflexión, procediendo así hasta lo infinito y sobre toda clase de objetos.» (Bossuet). «El alma humana hace reflexión sobre todo y sobre sí misma.» (Pascal).

Pensar es concebir, es entender lo [113] inmaterial. Hay que notar, sin embargo, que una cosa, un objeto, puede ser inmaterial de dos modos: natural o artificialmente. Me explicaré: el honor, el derecho, el deber, el aprecio, el menosprecio, el orgullo, he aquí cosas inmateriales, y son inmateriales por naturaleza, por sí mismas, pues ninguna cosa material entra a constituir la esencia de las mismas.

Por lo contrario, supongamos que en virtud de una operación del entendimiento, un ser material por su naturaleza, como un caballo o un roble, se encuentra en alguna parte bajo la forma de noción o de concepto, con una manera de existir completamente ideal, absolutamente independiente de las condiciones de existencia propias a los cuerpos que están real y actualmente en el espacio. Este ser, por razón de su existencia completamente ideal, es también inmaterial. Mas no lo es por su naturaleza, sino por efecto de una operación del espíritu, de una especie de preparación (Santo Tomás, Cont. Gent., lib. II, c. 60) que la filosofía explica: lo es artificialmente.

Pensar, pues, será concebir lo inmaterial puro, o también, según añade Santo Tomás, lo material, con tal que se presente de un modo inmaterial. Vel ipsnm materiale immaterialiter. (Comp., Platón.Repub., VII. –Taine, de l’Intelligence, 4.a edic., p. 34-38). Explanemos lo que supone esto de concebir una cosa material de un modo inmaterial, y con aquella existencia completamente ideal de que antes hablábamos.

La existencia actual y material en el espacio individualiza y concreta el ser, es decir, que le constituye individual y concreto. «Un ser, por el mero hecho de constar de materia, ocupar tal o cual lugar del espacio, subsistir en tal o cual momento de tiempo, y poseer tal número determinado de propiedades, de cualidades y de relaciones, es necesariamente único; es una existencia que no puede hallarse más que una vez, dado el conjunto de circunstancias que la acompañan; es, pues, una existencia necesariamente individual y concreta, y, si me es lícito hablar así, irrealizable en más de un ser.

Si, pues, se concibe un ser material, [114] no con la existencia circunstanciada que posee fuera del espíritu, en la realidad, sino con una existencia completamente ideal en que ya no aparece ligado a la materia, a tal punto del espacio, a tal instante del tiempo, ni con propiedades, cualidades y relaciones determinadas, este ser, en vez de ser individual y concreto, aparece inmediatamente como abstracto y universal; es decir, pudiendo reproducirse, repetirse en los individuos un número indefinido de veces: así el triángulo, el círculo, la palanca, entendidos de un modo general y abstracto.

Hay que decir, pues, que si pensar es concebir lo inmaterial, es también, por lo mismo, concebir lo abstracto y lo universal.

Pero hemos de decir algo más.

En los seres debidamente constituidos y en estado normal, la actividad que les es propia se ejercita espontáneamente hasta el completo desarrollo de los mismos, y las funciones inferiores se cumplen y ordenan por sí mismas, según lo que reclaman las funciones superiores, a menos que circunstancias exteriores desfavorables se opongan a ello.

Así, la planta se alimenta, saca su tallo y sus hojas, produce y madura su fruto tan naturalmente como el astro despide su luz, como la nube derrama su lluvia, como el hidrógeno y el oxígeno se combinan por la acción de la chispa eléctrica. Así, en el animal, las fuerzas físicas y químicas preparan el órgano, el órgano la función, y las funciones más bajas aquellas otras más elevadas. He aquí lo que han observado todos los hombres que pasan por haber estudiado el mundo a la luz del genio; lo que decía Alberto Magno al exponer la hermosa economía de la actividad humana (De Anima,lib. III, t. V, c. 4); lo que decía M. Claudio Bernard, cuando describía el processus de la vida (La Science experimentale, Definición de la vida); lo que canta Dante Alighieri en sus versos inmortales, cuando nos presenta todas las naturalezas, desde el origen de ellas, ordenadas entre sí e inclinadas a la acción por el poder eterno, y cada una impulsada por secreto instinto hacia la perfección que le ha sido concedida. [115]

Onde si muovono a diversi porti 
Per lo gran mar dell’esser e ciascuna 
Con istinto a lei dato che la porti.

Explíquese como se quiera este hecho, siempre la verdad de su existencia resulta fuera de toda duda, y por todos reconocida. Todo ser se dirige a la acción por una espontaneidad de naturaleza, y si está bien constituido y colocado en un medio propicio, su actividad se desarrolla siguiendo un orden perfecto en el sentido de la perfección particular propia de su especie.

Supongamos, pues, al ser que piensa y raciocina, en las condiciones, ya internas, ya externas, normales y favorables. Las nociones, los términos, no podrán quedar aislados en un espíritu dispuesto para el raciocinio. Ellos se concertarán y ordenarán entre sí de modo que formen juicios; y como quiera que los términos que entran en estos juicios son generales, los juicios mismos serán también generales, universales. Pongamos por ejemplo las ideas de todo, de parte, de magnitud. Con estos tres términos el espíritu obtendrá seguidamente este juicio general: el todo es mayor que su parte.

Supongamos también las nociones de causa, de efecto, de proporción: tan pronto como se hayan concebido, provocarán este segundo juicio, universal como el primero: todo efecto tiene una causa proporcionada.

Pensar, pues, no es sólo concebir lo inmaterial o poseer nociones universales, conceptos generales; es concebir, es formular principios, axiomas. Y yo añado, porque esto es una nueva consecuencia no menos necesaria que las anteriores: es poseer la llave del saber, es dominar el secreto de la ciencia.

Un principio, no hay necesidad de decirlo, es un saber en potencia, es algún conocimiento en germen. La ciencia está en el principio como el movimiento en el resorte y en el vapor, como la llama en el combustible, como este hermoso panorama del mundo en el sol que nos lo revela. Y cuando el principio es completamente universal y absoluto, es un sol que puede dirigir sus rayos en todas direcciones y esparce su luz en todas las regiones de la verdad. [116]

Estos dos principios, por ejemplo: «nadie da lo que no tiene»; «todo efecto reconoce una causa proporcionada», son y han sido siempre verdaderos, en todas partes y en todo orden de cosas. Cuando el espíritu se halla en posesión de éstos y otros parecidos, puede, pues, no sólo escudriñar lo que hay en sí mismo y lo que existe por debajo de él, sino también abrirse nuevos y luminosos caminos que le conduzcan a realidades que existan tal vez en un mundo superior.

Este progreso en la ciencia se realizará sin duda alguna, porque no hablamos de un espíritu que piensa solamente, sino que raciocina además; es decir, que procede de lo conocido a lo desconocido valiéndose de lo que sabe para llegar al conocimiento de lo que no sabe.

El espíritu se considera a sí mismo. Siendo inmaterial puede replegarse sobre sí mismo, observar sus actos y sus estados. Observará, pues, estos actos y estos estados; y luego, relacionando con estos datos de la experiencia el gran principio de «que todo hecho tiene una causa proporcionada», se formará idea de su naturaleza espiritual.

Además, si se halla unido substancialmente a un cuerpo, no simplemente introducido en un cuerpo, observará los fenómenos del cuerpo que él anima, como ha observado sus propios accidentes, y hará esfuerzos por descubrir la naturaleza de su cuerpo, como los hizo para descubrir su propia naturaleza.

Por la consideración de su cuerpo, ha llegado ya a la noción abstracta del ser material; ya conoce, pues, lo que los demás cuerpos tienen de común con el suyo. Aquello en lo que se distingue, ya lo aprenderá por la experiencia externa. Pero no se detendrá aquí.

Cuando haya observado los hechos en sí y fuera de sí, cuando los haya generalizado, entonces los comparará, los clasificará, verá que unos son antecedentes necesarios de otros, y llegará de este modo a concebir las leyes que rigen su actividad y las de otras substancias.

Y si vive en sociedad con otros espíritus unidos como él a un cuerpo, habiendo aprendido al observarse a sí propio por qué signos exteriores se [117] traducen naturalmente los pensamientos y las disposiciones de su alma, y observando e interpretando estos mismos signos en los demás, conocerá a sus semejantes poco más o menos como se conoce a sí mismo.

He aquí, pues, la serie de progresos que debe realizar en virtud de «su naturaleza el ser que piensa y raciocina.

Se conoce a sí mismo, conociendo su actividad y sus leyes.

Conoce los cuerpos, la actividad y las leyes de los mismos.

Conoce las demás naturalezas inteligentes, la actividad y las leyes de las mismas.

Mira todavía por encima de sí, para ver si su existencia finita y limitada tiene su explicación y su principio en una existencia más alta. ¿Va ya con esto a detener su marcha? ¿Estará cerrado en adelante para él el camino del progreso?

No. Viviendo, como le suponemos, acompañado de otras naturalezas inteligentes como él, y en medio del universo, sentirá bien pronto que le sería útil sobremanera cambiar con sus semejantes algunos pensamientos, y poder, en cierta medida, recular y dirigir la acción de los seres que le rodean.

He aquí el doble progreso que aspira desde entonces a realizar, y que realizará sin duda alguna con las nociones generales y los principios que posee. A los signos naturales por los que ha visto que expresaba él mismo sus pensamientos, añadirá otros signos convencionales, y, combinando de distintos modos las actividades y las leyes que ha observado en el mundo, llegará a regular un tanto, según sus deseos, la sucesión de los acontecimientos.

¿Se han expuesto ya con esta serie de deducciones rápidas, todo el alcance, la plenitud del sentido que encierran aquellas dos palabras, pensamiento y raciocinio?

Fijaos en el más humilde pensamiento, escoged la última de las naturalezas que piensan y raciocinan, el espíritu que menos sobresale de la materia, suponiéndole, como yo le supongo, en condiciones favorables al desarrollo y a1 ejercicio de su potencia.

Es un espíritu, y como tal piensa y raciocina: [118]

Luego conoce lo inmaterial;

Luego conoce lo abstracto, lo universal;

Luego formula principios generales.

Luego de los fenómenos que él observará en sí y en los seres que le rodean, inferirá cuál es su naturaleza y la de los seres que ve a su alrededor;

Luego le veremos investigar su origen y su principio.

Luego descubrirá las leyes que regulan su actividad y la de los demás seres;

Luego inventará signos con que manifestar sus pensamientos e impresiones;

Luego tratará de modificar, de dirigir a su provecho los fenómenos de la naturaleza.

Iba a omitir un punto esencial. Pensar es concebir lo abstracto, lo general. El que piensa, pues, no sólo conoce tal bien concreto, sino el bien abstracto, general, universal, absoluto, perfecto. De aquí esta consecuencia capital: el ser que piensa, puesto en presencia de algún bien particular finito, cualquiera que éste sea, no se halla nunca necesariamente impelido a quererlo y perseguirlo. Y en efecto, todo bien finito, por lo mismo que es finito y no realiza todo el ideal de la bondad, presenta por este lado una imperfección que puede ser para la voluntad motivo de aversión y de disgusto, y dispondrá siempre de una acción sumamente débil para vencer la resistencia que pueda oponerle una facultad cuya naturaleza tiene por objeto adecuado el bien universal y perfecto (Santo Tomás, 1ª, 2 ae q. XIII, art. 6).

Pensar, pues, es también ser libre, no con relación al bien ni a la felicidad en general, sino con respecto a la elección de los bienes particulares y de los medios que pueden conducir al bien, a la perfecta felicidad.

Ya sabemos, por consiguiente, lo que encierra naturalmente la noción de pensamiento y de raciocinio. Sabemos más: sabemos cuáles son los signos, cuáles son los indicios seguros que nos darán a conocer si un ser piensa y raciocina.

Hay pensamiento y raciocinio allí donde aparecen nociones abstractas universales, allí donde se muestra un [119] progreso en la ciencia, pero un progreso que, haciendo que se pase del conocimiento de los hechos al de las leyes, y del conocimiento de las leyes al de los hechos por una serie de operaciones delicadas y complejas, es lento y laborioso cual una conquista; pero un progreso cuyo principio, cuyo resorte, digámoslo así, se halla al arbitrio del ser que lo realiza, y no tiene en cada circunstancia, por causa determinante inmediata, un impulso ciego de naturaleza o una violencia que le viene de fuera; un progreso, en fin, que en el orden práctico se traduce por la investigación en todos sentidos y por la invención de lo que puede ser útil y agradable, a fin de perfeccionar el comercio social y mejorar las condiciones de la existencia.

Por lo contrario, allí donde todo se explica por nociones concretas, donde todo saber es innato sin haber aprendido cosa alguna, y donde se ignoran invenciblemente las leyes y razones de lo que se hace y de lo que acontece, allí donde existe la inmovilidad, la uniformidad, y a despecho de las más vivas solicitaciones y de las circunstancias más favorables, la carencia total de invención y de progreso consciente y reflexivo, donde nada se sale de la marcha ordinaria, allí no hay pensamiento ni se da raciocinio.

Vamos a resumirlo todo en una palabra.

El progreso de un ser, es decir, el adelanto consciente, reflexivo, calculado, querido libremente en cuanto a los detalles, por todos los caminos de la ciencia, de las artes y de la civilización; es el efecto seguro y el sello infalible del pensamiento y raciocinio ejercitándose en condiciones normales y favorables.

Sentado esto, podemos ya resolver la cuestión: ¿el hombre y el bruto piensan y raciocinan?

3° En cuanto al hombre, no hay cuestión. Su espíritu, así como sus discursos, están llenos de términos generales y abstractos. Las ciencias de que trata, aun las de observación –y en esto debieran haber reparado los positivistas– versan sobre abstracciones. ¿Qué es la botánica orgánica en general? Un estudio de las plantas en que se [120] hace abstracción de los caracteres propios de las diversas especies. ¿Qué es la zoología orgánica? El estudio de los animales en general, el estudio de la animalidad tomada en sí misma. ¿Qué es la biología? El estudio de la vida, abstracción hecha del sujeto en que reside, sea hombre, planta, o animal.

Y los principios, ¿no estamos invocándolos a cada momento todos, filósofos y sabios, sin distinción de escuelas? Principio de contradicción, principio de causalidad, principio de razón suficiente.

Poseyendo el hombre las nociones generales y los principios transcendentales, no podía permanecer estacionario y uniforme ni en su saber ni en su obrar. Su misma naturaleza le prescribía el progreso. Y en efecto, ha avanzado en su camino.

Desde luego se miró y se escuchó a sí mismo. Viose de pronto henchido de asombrosos pensamientos, así por el número como por la variedad de los mismos; pensamientos que hacían de él un espectáculo sucesivamente encantador y terrible, humilde y grandioso, risueño y triste al mismo tiempo: sintióse afectado por extrañas impresiones, impresión de amor y de odio, impresión de confianza y de temor, de felicidad y de amargura, de indignación y de esperanza. Al lado y por debajo de estos fenómenos observó otros de una naturaleza menos elevada; porque su cuerpo se mueve y vibra, sufre, goza, desfallece y se reanima.

Y el hombre, al sentirse autor y objeto al mismo tiempo, de estos acontecimientos tan diversos, se preguntó a sí mismo qué era él.

Pero no ve, no percibe el fondo de su naturaleza bajo la cubierta de los fenómenos que la envuelven. ¿Deberá, pues, limitarse a registrar hechos?

¿Permanecerá siendo un misterio para sí mismo?

De ningún modo.

Va a echar mano de un principio, como se coge una vela para alumbrar en un lugar obscuro, y mediante el raciocinio llegará hasta las profundidades a que no podía llegar la observación directa.

Y se dirá: todo fenómeno tiene una causa, y una causa proporcionada. Y a la luz de este axioma, penetrará en [121] su naturaleza y se verá a sí mismo, notando su maravillosa unidad, resultado de dos principios, materia y espíritu, ligados, entrelazados, fundidos por tan admirable manera, que de tal fusión resulta una sola substancia, doble en su base, una y simple en su coronamiento; porque, en el hombre, el espíritu no está como anegado en la materia, a la que penetra y vivifica; sino que sobresale por encima del cuerpo en que se halla, según la bella expresión de Dante Alighieri, «como el nadador en el agua.»

De la ciencia de su naturaleza, pasó el hombre a la ciencia del mundo. Aquí también, se presentan fenómenos más numerosos aún, y no menos sorprendentes. Al contemplarlos, concibió el hombre el deseo de conocer la naturaleza de esos cuerpos, que son su teatro y su principio.

Pero he aquí que le sale al paso la dificultad de antes: no ve más que fenómenos. ¿Cómo descubrir la fuente? Pues hará como hizo antes: se servirá de los principios como de proyecciones luminosas, y ahuyentará las tinieblas en las regiones profundas de la realidad corporal, y descubrirá el átomo que la observación no puede alcanzar a ver, y en el átomo, la materia y la fuerza que constituyen su esencia.

A medida que su ciencia se acrecienta, le espolea más y más el deseo de saber, proponiéndose infinidad de cuestiones. Se pregunta muy especialmente de dónde procede él y de dónde procede el mundo. Y siempre el mismo principio que estimula su curiosidad, sirve también para satisfacerla.

«No hay efecto sin causa.» Ahora bien: el hombre es un efecto, el mundo es también un conjunto de efectos. ¿Cuál es pues la causa del hombre y del mundo? Y a estas alturas se sirve del raciocinio y llega no sin esfuerzo a esta conclusión: que por encima y aparte de la serie de los seres contingentes y finitos, existe un ser necesario e infinito, de quien procede y depende todo lo existente.

Si tal ser existe, y el hombre se halla con respecto a él en tal dependencia, ¿no tendrá este hombre deberes que cumplir para con aquel? ¿No deberá adorarle por razón de su infinita [121] excelencia, darle gracias por el beneficio de la existencia que le ha dado y le conserva, suplicarle que continúe concediéndole sus favores? ¿Y no deberá también considerar la voluntad de Dios donde y como quiera que se manifieste, como una ley sagrada?

Mas si el hombre sabe, también obra; y así como progresa en la ciencia, debe progresar en la acción.

El hombre está hecho para vivir en sociedad, y así vive en efecto. Sólo en sociedad puede encontrar su naturaleza el debido desarrollo, y sólo en sociedad también puede proporcionarse, con la seguridad, los medios de vivir felizmente.

Ahora bien: la primera condición para que la sociedad le proporcione todas las ventajas que tiene derecho a sacar de ella, es que pueda fácilmente entrar en comunicación de ideas con sus semejantes. El hombre, pues, debió sentir la necesidad de crear signos por medio de los cuales pudiese transmitir su pensamiento.

¡Y cuánto ha trabajado para esto! ¡Con qué cuidado, con qué constancia va perfeccionando el lenguaje! ¡Cómo aumenta las palabras, modifica las frases y los giros a fin de poder expresar su pensamiento con los más delicados y finos matices de expresión!

No satisfecho de poder comunicarse con sus contemporáneos, buscó y encontró medio de dar fijeza a la palabra por medio de la escritura, y de establecer un comercio intelectual entre hombres separados por una larga sucesión de siglos. Con la escritura podía ya comunicarse a distancia, pero era necesario un tiempo muy largo para transmitir sus escritos; a este inconveniente proveyó inventando el telégrafo.

Desgraciadamente el telégrafo, con sus signos, no permite oír la palabra, que es la vibración del alma: por esto ha inventado el teléfono.

Pero el teléfono presenta el inconveniente de que la palabra no puede percibirse sino en el momento en que la pronuncia el que habla; y lo ha remediado inventando el fonógrafo, que fija la palabra sonora, como la escritura fija la palabra gráfica, permitiendo de este modo el citado instrumento guardar la palabra en cartera. [123]

Estos inventos admirables nos manifiestan ya las conquistas verdaderamente asombrosas que el hombre ha conseguido en el dominio de la naturaleza.

Empezó por estudiar en ella las grandes leyes y las grandes fuerzas; con sublime entusiasmo se lanzó al descubrimiento en todas direcciones; exploró los lugares solitarios y desiertos, afrontó las iras espantosas del Océano, escudriñó la inmensidad de los cielos, las simas profundas del abismo, observándolo y anotándolo todo. Cuando ya se encontró frente a seres inaccesibles a su mirada, recurrió a las luces de su razón y creó una ciencia maravillosa para llegar a conocer con rigurosa exactitud la sucesión de los fenómenos.

En la actualidad conoce la tierra hasta sus últimos confines; conoce el cielo visible en el detalle de sus movimientos y en el conjunto de sus leyes. Calcula la distancia de los astros, conoce igualmente el peso de los mismos.

Conociendo las grandes fuerzas del mundo y el modo como estas se desarrollan, el hombre ha concebido la atrevida empresa de encauzarlas y dirigirlas para su propia utilidad. Efecto de ello ha sido hacer funcionar estas fuerzas como el maquinista hace funcionar las partes todas de una máquina; y de aquí las maravillas contemporáneas en las aplicaciones de la ciencia: la electricidad, el calor, el movimiento, el aire, el agua, todas las energías han venido sucesivamente a ponerse al servicio del hombre, a someterse a su voluntad y aun a su capricho, a subvenir a sus necesidades o a amenizar su existencia.

Ya se ve, pues: el hombre significa el progreso en todas direcciones. El hombre es, pues, esencialmente progresivo. Progresa en la ciencia y progresa también en la acción, en la práctica. No posee su saber desde que nace, sino que aprende, se perfecciona, se forma a sí mismo.

El hombre, por consiguiente, no sólo tiene conciencia de que piensa y raciocina, sino que, además, presenta la prueba, la señal cierta, irrefragable de ello. El progresa con un progreso [124]consciente, reflexivo y calculado, querido libremente, universal.

¿Puede decirse del animal otro tanto?

4° Ábrase el libro más reciente del naturalista mejor informado de nuestra época, y léanse las descripciones que nos da de lo que se llama el carácter y costumbres de los animales que aparecen hoy a nuestra vista. ¿Hay siquiera un detalle de alguna importancia que no se encuentre ya en las descripciones de los naturalistas del último siglo? No.

Más aún: cójase a Buffon, y cuando se haya leído lo que escribió este grande hombre sobre los animales que muy impropiamente se llaman los más inteligentes, ábrase a Plinio el Viejo, y compárense las descripciones del escritor francés con las que compuso el escritor romano hace más de dieciséis siglos: no podrá menos de convenirse en que dieciséis siglos no han producido ni un sólo cambio apreciable en la manera de ser y de obrar de las bestias que se han observado.

Remontémonos aún más lejos; traduzcamos algunas páginas de la historia de los animales de Aristóteles. Por una parte creeremos leer a un escritor de nuestro tiempo, y por otra nos convenceremos de que los detalles suministrados por el filósofo griego se hallan en perfecta conformidad con lo que los antiguos monumentos de Egipto nos enseñan sobre los animales de fechas remotísimas.

Es, pues, un hecho indudable, que los animales, durante la larga sucesión de los siglos, no han llevado a cabo un sólo progreso notable.

Y téngase muy presente que cuando hablo de animales hablo de los «más inteligentes», usando el lenguaje que hoy se emplea, y hablo de aquellos que, sin duda alguna, se han encontrado en las mejores condiciones para el progreso. Hablo del mono, del perro, del elefante, del caballo. Hablo de las más hermosas razas de perros, de monos, de elefantes, de caballos; de las que viven en el más benigno de los climas, bajo el cielo más puro, y dejo escoger según que una u otra condición sea más o menos favorable al desarrollo intelectual, en sociedad o en el aislamiento; en el seno de la abundancia, [125] del reposo y de los placeres, o en medio de las fatigas de una existencia austera y miserable; en la paz o en la guerra.

En cualquier época, en cualquier lugar y en cualquiera circunstancia que se consideren, ¿podrá mostrársenos una sola de estas bestias que vaya caminando por la senda del progreso? No.

Una circunstancia excepcionalmente favorable para este progreso de los animales, y que debería producirlo necesariamente, si fuese posible y cupiese en la naturaleza, es el comercio de tales animales con el hombre. El hombre que piensa, que razona y que progresa en presencia del animal, no podría menos de conducirlo por el camino de su pensamiento y de su acción.

De hecho, el hombre no ha vivido nunca probablemente sin el animal. El perro, por lo menos, ha sido su fiel compañero desde los tiempos más antiguos. El ha visto, pues, al hombre fabricándose instrumentos adecuados para trabajar la piedra, la madera, el hierro; le ha visto pasar, gracias a su actividad y a su industria, de la penuria y escasez a la abundancia y a las comodidades, luego al lujo; él ha ocupado un sitio en su mesa y en su hogar; él le ha seguido a la caza, a la guerra, en los viajes, en las fiestas y asambleas públicas. El ha sido su compañero, y ¡cuantas veces ha ocurrido no tener a nadie más que a él por amigo y confidente! Ha sido, decimos, el compañero no sólo del pastor y del salvaje, sino también del artesano en su taller, del sabio en su gabinete de estudio, del general en el campo de batalla, del rey hasta en sus consejos.

El hombre no se ha contentado con exponer ante sus ojos las maravillas de su arte y de sus inventos: ha querido, además, instruirle, y ha recurrido a toda clase de medios para conseguirlo; caricias, golosinas, golpes, hambre, sed, estímulos de todas clases, amenazas, palabras, gestos de todo género. Y estos esfuerzos, estas tentativas de instrucción no se han empleado con individuos tomados casualmente y sin tino, sino que se han escogido los que parecían ofrecer más probabilidades de buen éxito. Y no se ha trabajado solamente con ejemplares aislados [126] y sin relaciones unos con otros, sino que tales trabajos se han operado a veces sobre los padres, y se ha querido darles permanencia en la raza, cultivando en los productos de una serie de generaciones las cualidades preciosas que se había pretendido desarrollar en los individuos, por una educación algunas veces secular. Los anales de la montería contienen sobre este particular los hechos más auténticos y curiosos.

Pues bien: con todos estos ensayos, con tanta habilidad y paciencia tanta, ¿hase podido conseguir que brillase una chispa de razón en uno sólo de estos cerebros caninos? ¿Hase visto una raza siquiera que llegase a producir, en un orden cualquiera de cosas, acciones tales que no puedan explicarse sin que se reconozca a los individuos de esta raza conceptos abstractos, ideas generales, universales, en las que se hayan inspirado para realizar por ellos mismos (ex propria inquisitione) un sólo progreso? Si tal raza existe, exhíbasenos: si no existe ya, que se nos diga dónde y cuándo ha existido. Que se nos muestre, bien en lo presente, bien en lo pasado, en Roma o en Atenas, en París o en Londres, la más rudimentaria obra de ciencia, el más ligero bosque de civilización, una sombra siquiera de teoría artística de que pueda gloriarse la más linajuda y escogida aristocracia canina.

El hombre ha influido sobre el animal; los distintos medios han influido también sobre el animal. Este ha sido modificado, mas no se ha modificado a sí mismo; ha sido cambiado y transformado, pero no se ha cambiado y transformado a sí propio. Si alguna vez ha llegado a ser más perfecto bajo ciertos aspectos, nunca ha dado prueba alguna de que tuviera ni conciencia ni voluntad del perfeccionamiento que recibía: ni más ni menos que lo que pasa con el árbol al que el jardinero dispone las ramas o hace cambiar las flores o las hojas. No es en él sino fuera de él donde se halla, no sólo la ocasión, sino también la causa determinante y la medida de los cambios que experimenta. No es él quien camina a la perfección «non progreditur», no se mueve a sí mismo «non se agit», sino que es impelido «sed agitur», porque [127] carece del principio general de todo progreso verdadero, del concepto general, de la idea.

Y si se perfecciona el animal, no es más que en un género determinado, con exclusión de los demás géneros. La araña tenderá mejor su tela, el ave construirá mejor su nido y el castor su morada: pero jamás se verá que ninguno de estos animales utilice ni uno sólo de los principios que supondría el progreso que realiza, caso de que tal progreso fuera inteligente, para adelantar en otro orden de actividad, a pesar de las ventajas que de ello reportaría; prueba es, pues, de que no ha realizado su primer progreso a la luz de un principio universal y trascendente. El progreso propio del animal es un progreso en línea recta, no el progreso en todos sentidos, el progreso irradiante, el verdadero progreso.

Es, pues, un hecho sobre el que no cabe siquiera discusión, que los animales más perfectos, colocados en las condiciones más favorables, permanecen extraños al progreso consciente, reflexivo y calculado, libre y universal.

Y bajo este supuesto, debemos concluir diciendo:

Luego los animales no piensan ni raciocinan, puesto que, en buena lógica, nosotros no debemos admitir la existencia de ninguna fuerza ni facultad, sino en tanto que a ello nos veamos obligados por la vista de los fenómenos que la suponen.

Véase, pues, que los principios y los hechos son los que nos conducen a semejante conclusión.

Al estudiar en abstracto la naturaleza y las propiedades esenciales del pensamiento en el ser que raciocina, como podríamos estudiar la naturaleza y las propiedades del círculo o del triángulo, de la fibra muscular o de la célula nerviosa, hemos visto que el progreso es al propio tiempo la consecuencia y el signo inequívoco del pensamiento y raciocinio, de tal suerte que el ser dotado de las citadas facultades, hallándose sano e íntegro, y colocado además en condiciones propicias, se perfecciona y adelanta en el saber, en la manifestación libre y voluntaria de su pensamiento y de sus sentimientos, en la industria y en todo cuanto concierne [128] a la civilización, por una ley tan fatal como la que hace caer la piedra en el aire y correr el agua hacia abajo.

Por otra parte, es un hecho constante que los animales que por voz unánime se cuentan entre los más inteligentes, el perro, por ejemplo, no han realizado el menor progreso en la ciencia, en el lenguaje convencional, en la industria. Tenemos, pues, perfecto derecho para decir después de esto:

Los animales ni piensan ni raciocinan.

Este argumento es decisivo; pero comprendo perfectamente que no resuelva todas las dificultades que en tal materia se suscitan. Pregúntase ciertamente, cómo negándose a los animales el raciocinio, será posible explicar todas las maravillas que practican a nuestra vista, y qué género de conocimiento hay que reconocer en ellos; porque, a la verdad, no es admisible que el bruto no conozca ni sienta más que un leño o una piedra.

Trataré de contestar a estas preocupaciones de ciertos espíritus.

5° Hablemos desde luego de las facultades que nos vemos precisados a reconocer en los animales. A seguida someteremos la tesis que sustentamos a la prueba de los hechos particulares.

Hay que reconocer desde luego a los animales –hablo de los animales superiores– con facultades de percepción, los cinco sentidos externos, vista, oído, olfato, gusto y tacto. Esto no necesita demostración.

Hay que reconocer también en ellos sentidos internos: la imaginación, todo el mundo sabe que los perros sueñan; la memoria, recuérdese el perro de Ulises; la facultad que los antiguos llamabanestimativa, y que no es otra cosa que la habilidad en distinguir los objetos útiles de los que les son perjudiciales; así sucede que el cordero huye del lobo, y que el pájaro elige la paja que necesita para hacer su nido; en fin, una especie de sentido general, central, sensorium commune, a donde, por una parte, confluyen para agruparse las impresiones aisladas de los sentidos particulares, y donde, por otra parte, vienen a repercutir los diversos accidentes del organismo, sano o enfermo, en movimiento o en reposo. [129]

Este sensorium commune es el que, agrupando las sensaciones especiales, permite que el animal se forme la representación íntegra de los objetos, la de un fruto por ejemplo, del cual el ojo ha percibido el color, el olfato el olor, el gusto el sabor, &c., y que, advirtiéndole del estado en que se hallan las diversas partes del organismo, le sirve para que pueda regirse como conviene, así en el conjunto como en los detalles.

Las facultades de percepción reclaman facultades de tendencia, o los apetitos correspondientes. Así vemos que a las percepciones sensibles de los diversos objetos se suceden en el animal emociones de las diversas pasiones: raptos de amor o de odio, accesos de ira, temblores de miedo, &c. Según esto, pues, el animal tiene una voluntad sensible, como tiene una facultad de percepción sensible.

Pero no es esto todo: debemos admitir que existe en cada una de sus facultades aquella tendencia a la acción, aquel impulso a cumplir los actos propios de su especie, que, se encuentra en todos los seres del mundo, y que hace que todos, al encontrarse en el momento oportuno y en las condiciones propicias, ejerciten espontáneamente la actividad de los mismos, cual si se vieran arrastrados por cierta fuerza natural, instinctu naturae.

Debemos también admitir que la actividad del animal, cuando en virtud de una causa cualquiera se ejercita constantemente en determinado sentido, puede modificarse tan profundamente, que contraiga ciertos hábitos o propensiones a obrar siempre en un mismo sentido, sean esas propensiones útiles o perjudiciales, defectuosas o no.

Tenemos que reconocer, por fin, que el animal, en algunos casos y en cierta medida, transmite sus hábitos o tendencias a sus descendientes por medio de la generación, hasta el punto que ciertos instintos se fijan en algunas razas en forma de cualidades o defectos, y resultan luego hereditarios.

Sería inútil insistir sobre estas aserciones plenamente justificadas y aclaradas tanto por la experiencia vulgar como por los datos corrientes de la zoología y anatomía comparadas. Mas no creemos ocioso añadir algunas [130] otras palabras para caracterizar con precisión las operaciones de estas facultades del animal.

Todas estas operaciones son del orden sensible, pues todas proceden de un órgano, y todas tienen por objeto alguna cosa no sólo material, sino también concreta, individual.

Así como el ojo jamás percibe el color en abstracto, sino tal color en tal objeto, así la imaginación del animal nunca percibirá el cuadrado en abstracto, sino siempre tal cuadrado de tales dimensiones; y la memoria le recordará siempre, no los conceptos de hombre, de caballo o de casa, sino de este hombre, de ese caballo, de aquella casa; y la estimativa a su vez, no se dará cuenta de la conveniencia, sino de la cosa que conviene. En una palabra: las facultades sensibles, los sentidos, así internos como externos, no perciben nunca las cosas materiales sino envueltas en la tosca tela del hecho y de la individualidad, cum appendiciis materiae. (Alberto Magno).

Por lo demás, las percepciones sensibles, bien así como los movimientos de la pasión, se producen en el bruto siguiendo en todo el mismo procedimiento fisiológico que en el animal humano. De donde se deriva esta consecuencia –de extrema importancia porque arroja una luz vivísima sobre la vida animal:– que la gran ley de la asociación de las percepciones y de las emociones tiene su aplicación y produce sus efectos en el bruto de idéntica manera que en el animal humano.

Ya puede formarse el lector una idea clara de lo que concedo y de lo que niego al animal.

Le niego toda percepción de lo inmaterial.

Por consiguiente, toda idea moral y religiosa, todo concepto abstracto y universal; por consiguiente, todo juicio y raciocinio, es decir, todo juicio y raciocinio propiamente dichos, que incluyan por lo menos un término abstracto y universal; por consiguiente, la conciencia o la reflexión completa de una facultad de conocimiento sobre sí misma, así como también la libertad, pues que, por una parte, ningún órgano puede replegarse sobre sí mismo y percibirse, ni percibir su acción, y por [131] otra, sólo los conceptos y juicios universales pueden constituir la raíz de la voluntad libre.

En cambio, concedo que el animal ve, oye, huele, gusta y palpa los objetos. Concedo también que conserva las imágenes y se las representa cuando están ausentes.

Concedo que recuerda las cosas.

Admito también que por un acto estimativo que se parece a un juicio, distingue los objetos útiles y nocivos, aquellos para buscarlos, éstos para evitarlos.

Afirmo también que, en virtud de la ley de consecución, que es consecuencia necesaria de la asociación de las percepciones y emociones, el animal pasa en ciertos casos de una representación a otra, y consiguientemente, de una emoción, de una operación a otra diferente, por un movimiento de conocimiento que se asemeja al raciocinio.

Le reconozco un bosquejo de conciencia, en el poder que tiene por el sensorio común de ver, en cierto grado, lo que pasa en los diversos puntos de su organismo; y una imagen de libertad y de elección, en la vacilación que manifiesta por decidirse cuando es solicitado en distintos sentidos por muchos objetos que le atraen.

Estoy conforme en que el animal contrae a veces hábitos, o mejor dicho, instintos nuevos, y que también a veces los trasmite, de donde resulta en los individuos y en las razas una apariencia de progreso.

En fin, si se quiere que resuma en una sola palabra mi pensamiento sobre las bestias, diré con Leibnitz, que sobre este particular dejó escrita una palabra que acredita al hombre de talento.

«Las bestias son puramente empíricas.» (Nouveaux Essais, prólogo.) He ahí lo que yo admito, he ahí lo que han admitido unánimemente, puede decirse, los grandes doctores del siglo XIII «tradunt peripatetici omnes.» (San Buenaventura, Compendium theolog. verit., lib. II, c. 24.) Vamos a ver ahora nosotros si basta esto para explicar todo lo que se observa más elevado y maravilloso en la actividad animal.

6° «Es necesario no haber visto nunca de cerca animales, dice un gran profesor de la escuela de antropología [132] de París; es necesario desconocer sus modos de obrar, cual si se tratase de habitantes de otro globo, para negar las pruebas de inteligencia que nos ofrecen a cada instante. Se necesita no haber visto nunca el perro que, siguiendo una pista, encuentra una encrucijada, se detiene, vacila un instante entre los tres caminos que se presentan delante de él, busca la pista en uno de ellos, luego en el segundo, y si no la encuentra en uno ni en otro, se lanza sin nueva vacilación por el tercer camino, como expresando por este acto el dilema consistente en que, si aquel a quien busca ha debido pasar por uno de los tres caminos, no habiendo tomado ninguno de los dos primeros, necesariamente ha debido seguir el tercero.» (M. Matías Duval, Le Darwinisme, pág. 69.)

Si no tuviera yo una razón decisiva para creer que el respetable profesor no ha hojeado nunca las obras de Santo Tomás, juzgaría que la objeción que acabo de transcribir se había tomado de las obras del santo doctor. He aquí, en efecto, la dificultad que Santo Tomás se propone en un artículo de laSuma teológica, artículo que se encabeza de este modo: «La elección razonada conviene a los animales?» (1ª, 2ae., q. XIII, a. 3.)

«Como dice Aristóteles, la prudencia, virtud intelectual, es la que hace que cada cual elija intencionadamente lo que conviene al fin. Ahora bien: la prudencia conviene a los animales... Esto cae en la esfera de los sentidos. Et hoc etiam sensui manifestum videtur; porque en las obras de los animales, abejas, arañas y perros, hay un arte y una industria admirable. El perro, por ejemplo, que persigue a un ciervo, si llega a una encrucijada, si ad trivium venerit; indaga con el olfato si el ciervo ha pasado por el primero o por el segundo camino. Y si halla que no ha pasado por allí, entonces ya seguro de sí mismo y sin nueva investigación, se lanza por el tercer camino, jam securus per tertiam viam incedit non explorando, como si se hubiese servido de un dilema, quasi utens syllogismo divisivo,cuya conclusión sería que el ciervo había pasado por aquel camino, puesto que no había pasado por los otros dos, [133] no habiendo más que tres. Parece, pues, que la elección razonada es también propia de los animales.»

Por donde se ve que la objeción del docto profesor se remonta por lo menos hasta el siglo XIII. Y también desde esta época se sabía la solución. «Un arte infinito, dice Santo Tomás, es el que ha dispuesto todos los seres. Y por esto, cuanto se mueve en la naturaleza, se mueve con orden, como en una obra de arte. Por esto también, aparece en los animales cierta industria y cierta prudencia, porque habiendo sido formados por una razón soberana, tienen sus facultades naturalmente inclinadas a obrar según cierto orden bello y siguiendo procedimientos perfectamente adecuados. Por esto se dice muchas veces que son prudentes e industriosos. A la vez decimos que no existe en ellos ni razón, ni elección razonada; y lo que lo prueba con evidencia es que todos los animales de una misma especie obran siempre del mismo modo.»

No hay, en efecto, necesidad de que nuestro perro raciocine para perseguir al ciervo del modo que lo hace. Concedámosle tan sólo el conocimiento y los apetitos empíricos de que hemos hablado, y su conducta se explicará por sí misma. Juzguemos si no es así.

Veámosle que encuentra la pista de un ciervo. Una sensación del olfato es lo que se la ha hecho conocer. Si ha visto alguna vez ciervos, esta sensación, en virtud de la ley de asociación de las percepciones, despierta en él la imagen de un ciervo; y si ha dado caza en alguna ocasión a otro ciervo, evoca la imagen y al propio tiempo el recuerdo de la parte de presa que le cupo. Mas el tufillo que aspira en el caso presente, sus imágenes, sus recuerdos, ¿qué queréis? un perro es de tal naturaleza que no puede menos de encontrar todo esto y estimarlo delicioso, y delicioso también, soberanamente deseable el objeto que tales impresiones y recuerdos suscita. Es más, no puede menos de desearlo y perseguirlo. Corre, pues, lleno de deseos y lleno ya también de alegría. Al principio sigue fácilmente la pista, manifestando con alegre griterío, repetido y reforzado por la soledad del bosque, el contento y los ardorosos [134] deseos de que se halla poseído. Pero he aquí que se presenta de pronto la maldita encrucijada. Una pista vaga y tres caminos enfrente. ¿Qué hará nuestro perro? Pues va a ceder a un doble instinto: el instinto de pesquisa, que le incita a explorar, valiéndose del olfato, todas las rutas abiertas, todos los caminos por los cuales ha podido huir la pieza que persigue; instinto de movimiento, el más fácil y menos complicado, que le determina a tomar el camino que tiene más cerca. Se mete en él. De vaga que antes era, pasa ahora la pista a ser nula. No atrayéndole nada en esta dirección, y solicitándole los recuerdos aun recientes de la pista hacia la encrucijada, vuelve a ella y se dirige por el camino más próximo. No habiendo pasado tampoco el ciervo por este camino, según la hipótesis, lo abandona también como había hecho con el primero; e impulsado siempre por su doble instinto, se acerca al tercero. Como el ciervo ha pasado por allí realmente, la pista deja de ser vaga y se acentúa más y más a medida que se va acercando, razón por la que se precipita sin vacilación y con nuevo ardor y mayor velocidad por este tercer camino.

Véase, pues, cuan naturalmente se interpreta, siguiendo nuestra doctrina del conocimiento y de la voluntad «empíricos» del animal, este proceder del perro en la encrucijada, proceder que se nos presentaba como signo evidente de que los perros piensan y raciocinan. Sostener que en este caso ha practicado el perro un acto de raciocinio, y que se ha servido de un dilema «silogismo divisivo»pugna abiertamente con la regla aceptada por todos los filósofos: que hay que explicar siempre las acciones del animal por el minimum de causa psicológica que baste para dar razón de ellas: lo contrario, en nuestro caso, es caer en la interpretación antropomórfica.

Darwin argumenta con más sutileza que sus discípulos sobre este punto. Sus razones no son más sólidas, pero son especiosas cuando menos. Oigámosle:

«Cuando un perro, dice, percibe otro perro a gran distancia, su actitud da a entender muchas veces que concibe qué es un perro; pues cuando se [135] acerca, esta actitud cambia por completo si reconoce un amigo... Cuando grito a mi perro de caza (y yo he hecho la experiencia bastantes veces) «¡Eh, eh! ¿Dónde está?» Al instante comprende que se trata de dar caza a algún animal: ordinariamente empieza por echar la vista alrededor de él, luego se lanza por el bosquecillo más próximo para buscar en él vestigios de la pieza cazable, y por fin, no encontrando nada, dirige su mirada a los árboles, donde descubre una ardilla. Ahora bien: ¿estos actos diversos no revelan claramente que mis palabras han despertado en su espíritu la idea general o el concepto de que había allí, cerca de él, un animal cualquiera que se trataba de descubrir y perseguir? (La descendance de l’homme, p. 87-88).

Bien se manifiesta aquí el espíritu ingenioso del ilustre escritor; pero no basta ser ingenioso, se necesita probar. Pues bien: Darwin, con estos dos hechos que cita, no prueba absolutamente nada. Cuando habla del primero, confunde evidentemente la percepción vaga e incompleta con la percepción abstracta. Porque lo que percibe el perro de Darwin no es de ningún modo el perro en abstracto, sino otro individuo de la especie canina, cuyas disposiciones e intenciones no distingue desde luego. Darwin, identificando, como lo hace, la noción abstracta y la imagen contusa, identifica dos cosas entre las cuales, como dice muy bien Mr. Taine, «media un abismo.» (De 1’Inteligence, t. I, p. 37, 4.a edic.)

En cuanto al segundo hecho que se alega, respondo simplemente que por estas palabras «he, he, dónde está?» Darwin despertaba en su perro el instinto de la busca, y acaso también en alguno de los casos, por vía de asociación, la imagen de algún animal determinado.

Ateniéndose de esta suerte a los principios de psicología y al método de interpretación que he seguido yo poco antes, se podrán explicar sin ninguna dificultad las acciones más sorprendentes que se cuentan de los perros, monos, elefantes, &c., con tal que: 1°, no se acepten sino relatos perfectamente auténticos, y cuyos detalles hayan sido sometidos a rigurosa [136] confrontación; 2°, que las costumbres del animal de que se trate, y los de su especie, hayan podido ser seriamente estudiadas y sean perfectamente conocidas; 3°, que se descarten del relato propiamente dicho las suposiciones que los narradores, con intención o sin ella, suelen introducir en ellos.

Tomadas estas precauciones, la interpretación será más o menos complicada, según los casos, pero siempre nos conducirá a esta conclusión: que la razón y el raciocinio no tienen residencia en la cabeza del animal; porque es un hecho general, evidente, que está por encima de cuantos hechos particulares puedan alegarse, el hecho que observó ya Santo Tomás y que dejó consignado, según antes decíamos, en estos términos: «Todos los animales de la misma especie obran del mismo modo:» el animal no progresa.

Se ha dicho que la religión de los salvajes, de los Bosjimanos, por ejemplo, se reducía a un sentimiento de terror causado por la aprensión del daño que podrían causarles ciertos seres hostiles e invisibles; y que tal sentimiento no difiere notablemente del temor que experimentan los animales en presencia de ciertos fenómenos extraordinarios.

Respondo, desde luego, que tal afirmación podría ser discutida. En segundo lugar, digo que, aunque las ideas y sentimientos religiosos entre los salvajes fueran tan nulos como se pretende, todavía quedaría entre estos salvajes y el animal una diferencia esencial; pues que el salvaje puede llegar por la enseñanza y la reflexión a la verdadera idea de Dios y de la ley moral, en tanto que la bestia es absolutamente incapaz de esto. Lo que ahora afirmo, puedo probarlo aduciendo una autoridad que no será sospechosa. Todos saben que los Fueguenses ocupan uno de los últimos grados de la familia humana. Ahora bien: Darwin cuenta que tres de estos salvajes, habiendo pasado algunos años en Inglaterra, hablaban la lengua de este país, y que llegaron a alcanzar una cultura intelectual y moral no inferior, en apariencia, a la que suelen alcanzar los marineros ingleses. (La descendance de l’homme,página 67). [137]

Y es que, aun en el último de los salvajes, por el sólo hecho de ser hombres, brilla esta luz exclusivamente humana y verdaderamente transcendental, que se llama razón, y hace accesibles a quien la lleva, las alturas de la ciencia, del arte y de la virtud.

He aquí lo que explica que se haya podido ver a un negro, o al menos a un mulato, miembro correspondiente del Instituto de Francia, y lo que permite

Existen las curas milagrosas....

viernes, 23 de octubre del 2009 a las 16:56
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EN ALGUNOS países es común ver a peregrinos viajando a santuarios donde, supuestamente, otras personas se han restablecido de enfermedades incurables. En otras partes del mundo hay curanderos que afirman sanar a la gente usando poderes sobrenaturales. Y en muchos lugares se celebran reuniones religiosas en las que los eufóricos asistentes sueltan sus muletas o saltan de su silla de ruedas, asegurando haber sido curados milagrosamente.

Lo más curioso es que la mayoría de los que llevan a cabo tales curaciones pertenecen a diferentes religiones, y no es extraño que se acusen unos a otros de ser falsos profetas, paganos o apóstatas. Ahora bien, ¿es lógico esperar que Dios emplee a todas esas personas y organizaciones, muchas de las cuales están enfrentadas entre sí, para realizar milagros? La Biblia dice que “Dios no es Dios de desorden, sino de paz” (1 Corintios 14:33). Con todo, muchos afirman que Dios les ha concedido el don de realizar “curaciones milagrosas” en el nombre de Jesús. ¿Será cierto eso? Para hallar la respuesta, veamos cómo sanó Jesús a las personas cuando estuvo en la Tierra.

Las curaciones de Jesús

Hay muchas diferencias entre las curaciones de Jesús y las que efectúan los sanadores de la actualidad. Para empezar, Jesús curaba a todos los que acudían a él, y no solo a unos pocos seleccionados de entre la multitud. Además, las personas quedaban totalmente curadas, casi siempre de forma inmediata. La Palabra de Dios dice: “Toda la muchedumbre procuraba tocarlo, porque de él salía poder y sanaba a todos” (Lucas 6:19).

Otra gran diferencia es que los sanadores actuales no siempre logran curar al enfermo, a quien en esos casos suelen culpar por su falta de fe. Por el contrario, Jesús curaba a todo el que se proponía, sin importar que todavía no hubiera puesto fe en él. En cierta ocasión, por ejemplo, vio a un ciego y decidió devolverle la vista. Después de hacerlo, le preguntó: “¿Pones tú fe en el Hijo del hombre?”. “¿Y quién es, señor, para que ponga fe en él?”, contestó el hombre que había sido curado. Entonces Jesús le dijo: “El que habla contigo es ese” (Juan 9:1-735-38).

Ahora bien, si tener fe no era un requisito para que Jesús sanara a los enfermos, ¿por qué solía decirles: “Tu fe te ha devuelto la salud”? (Lucas 8:4817:1918:42.) Con esas palabras, Jesús les indicó que se habían curado gracias a que su fe los impulsó a acercarse a él; en efecto, si se hubieran negado a acudir a Jesús, habrían perdido la oportunidad de curarse. Pero en realidad no era su fe lo que los curaba, sino el poder de Dios. Hablando sobre Jesucristo, la Biblia señala: “Dios lo ungió con espíritu santo y poder, y fue por la tierra haciendo bien y sanando a todos los que eran oprimidos por el Diablo; porque Dios estaba con él” (Hechos 10:38).

Por otra parte, el dinero suele desempeñar un papel importante en las supuestas curaciones modernas. De hecho, estos religiosos son bien conocidos por su habilidad para obtener fondos. Por ejemplo, se sabe que un telepredicador conocido en todo el mundo recaudó 89.000.000 de dólares en un solo año. De igual modo, muchas confesiones religiosas obtienen cuantiosos beneficios gracias a los peregrinos que viajan a los santuarios para curarse. ¡Qué diferente fue Jesús! Nunca cobraba a las personas a las que curaba; lo que es más, en cierta ocasión hasta les proporcionó comida (Mateo 15:30-38). Y cuando envió a sus discípulos a predicar, no solo les dijo que curaran enfermos, resucitaran muertos y expulsaran demonios, sino que también les ordenó: “Recibieron gratis; den gratis” (Mateo 10:8). Ahora bien, ¿a qué se deben todas estas diferencias entre Jesús y los sanadores modernos?

El verdadero origen de estas “curaciones”

A lo largo de los años, muchos profesionales de la salud han investigado los “milagros” de los sanadores. ¿Y qué han encontrado? El diario londinense The Daily Telegraphcita la conclusión a la que llegó cierto médico inglés tras veinte años de investigación: “No existe ni una sola prueba médica que confirme los informes carismáticos de curaciones milagrosas”. A pesar de todo, muchas personas creen sinceramente que han sido curadas gracias a una reliquia, un santuario o un sanador. ¿Qué hay de ellas? ¿Existe la posibilidad de que hayan sido engañadas?

Pues bien, en el conocido Sermón del Monte, Jesús predijo que algunos dirían: “Señor, Señor, ¿no [...] ejecutamos muchas obras poderosas [en tu nombre]?”. Pero su respuesta a estos falsos representantes suyos sería la siguiente: “¡Nunca los conocí! Apártense de mí, obradores del desafuero” (Mateo 7:22, 23). Si el poder de estos practicantes de la maldad no vendría de Jesús, ¿de dónde procedería? El apóstol Pablo reveló que sería fruto de “la operación de Satanás”. Solo así podrían realizar “toda obra poderosa y señales y portentos presagiosos mentirosos, y [...] todo engaño injusto” (2 Tesalonicenses 2:9, 10).

Además, ninguna curación realizada con reliquias, imágenes religiosas u objetos similares puede proceder de Dios. ¿Por qué? Porque la Palabra de Dios ordena claramente a los cristianos que “huyan de la idolatría” y que ‘se guarden de los ídolos’ (1 Corintios 10:141 Juan 5:21). Es evidente que los llamados milagros de curación no son más que otra de las trampas del Diablo para alejar a la gente de la religión verdadera. No en vano, la Biblia nos advierte que “Satanás mismo sigue transformándose en ángel de luz” (2 Corintios 11:14).

¿Por qué curaban Jesús y los apóstoles?

Las curaciones milagrosas que aparecen en las Escrituras Griegas Cristianas dejaron claro que Jesús y los apóstoles habían sido enviados por Dios (Juan 3:2Hebreos 2:3, 4). Asimismo, servían para dar peso a su mensaje, pues la Biblia dice que cuando Jesús “recorría toda Galilea, enseñando en sus sinagogas y predicando las buenas nuevas del reino”, también iba “curando toda suerte de dolencia” (Mateo 4:23). Además de curar a las personas, Jesús alimentó a multitudes, controló las fuerzas de la naturaleza y resucitó muertos. Sin duda, todos estos milagros fueron auténticas buenas noticias, pues demostraron lo que él hará por los humanos fieles cuando el Reino de Dios gobierne la Tierra.

Ahora bien, todo indica que esas obras milagrosas —odones del espíritu— dejaron de realizarse después que murieron Jesús, los apóstoles y las demás personas que habían recibido dichos dones. El apóstol Pablo escribió: “Sea que haya dones de profetizar, serán eliminados; sea que haya [dones de hablar en] lenguas, cesarán; sea que haya conocimiento [revelado por Dios], será eliminado” (1 Corintios 13:8). ¿Por qué serían eliminados? Porque una vez cumplido su objetivo —demostrar que Jesús era el Mesías y que la congregación cristiana contaba con la aprobación divina—, las curaciones y otros dones ya no serían necesarios.

Entonces, ¿nos benefician de algún modo en la actualidad las curaciones que Jesús realizó en el pasado con el poder de Dios? Por supuesto que sí. Nos hacen pensar en el tiempo en que las profecías bíblicas llegarán a cumplirse en sentido físico y espiritual. Si ejercemos fe en Jesús y obedecemos sus enseñanzas sobre el Reino de Dios, veremos el día en que nadie tendrá razones para decir: “Estoy enfermo” (Isaías 33:2435:5, 6Revelación [Apocalipsis] 21:4).

Milagros Eucaristicos

lunes, 19 de octubre del 2009 a las 01:19

El milagro eucarístico de Avignon

 

Capilla del Milagro Eucarístico de AvignonAntecedentes

Avignon es una ciudad del sur de Francia. Con el fin de comprender mejor el significado de este milagro eucarístico, retrocedamos al año 1226, es decir, 217 años antes del milagro. La herejía Albigense, que tomó su nombre de la cuidad de Albi, Francia, se propagaba por todo el sur de Francia rechazando todos los sacramentos, especialmente el matrimonio y la Eucaristía. Esta herejía fue condenada por la Iglesia desde el Siglo XI, pero no fue hasta que los Albigenses empezaron a atacar seriamente a los gobiernos seculares desde sus fortalezas, que los gobernantes los denunciaron y los privaron de la protección de las leyes.

Los Albigenses eran muy poderosos en 1226, especialmente en el Sur de Francia, donde se encuentra Avignon. Para combatir sus ataques contra la Presencia de Jesús en la Eucaristía, el Rey Luis VIII, padre de San Luis IX, construyó una iglesia cerca del río Sorgue en honor del Santísimo Sacramento. También escogió el 14 de septiembre de 1226, la fiesta de la "Exaltación de la Santa Cruz", para hacer un acto público de reparación por los sacrilegios cometidos por los Albigenses. Se hizo una procesión con el Santísimo Sacramento que terminó en la nueva iglesia de la Santa Cruz.
El Rey esperaba para recibir la procesión en la Iglesia de la Santa Cruz vestido de saco, una soga ceñida a su cintura y una vela en su mano. A su lado estaba el Cardenal Legate, toda su corte y muchos fieles. La procesión por toda la ciudad fue dirigida por el Obispo Corbie. El Santísimo permaneció expuesto toda la noche y durante varios días, hasta que el obispo decidió que el Santísimo debería quedarse perpetuamente expuesto. Esta costumbre fue continuada por sus sucesores y aprobada por el Santo Padre. La Iglesia fue custodiada por los Penitentes Grises, de la Orden Franciscana y después de 200 años de adoración perpetua ocurrió un milagro espectacular.

El milagro eucarístico

Sorgue es el nombre de un río que pasa por la ciudad de Avignon (Francia). El río se desbordaba cada ciertos años y cuando esto ocurría, el agua inundaba las casas y fincas de los alrededores. A finales de noviembre de 1433, después de unas fuertes lluvias, vino una gran inundación. El agua penetró más que en años anteriores. Fue una de las peores inundaciones conocidas. En las noches del 29 y el 30 de noviembre, el nivel del agua subió a gran altura. Los Penitentes Grises de la Orden Franciscana estaban seguros de que la pequeña iglesia de la Santa Cruz se había inundado y decidieron ir allí para salvar la Eucaristía y traerla a tierra seca. Dos de los superiores de los Penitentes Grises se subieron en un bote y remaron hasta la iglesia. 
Cuando llegaron, descubrieron que el agua había subido hasta la mitad de la puerta de la entrada de la iglesia. Sin embargo, cuando abrieron la puerta, para su sorpresa, encontraron que el pasillo, desde la puerta hasta el altar, estaba completamente seco. El agua se había acumulado formando paredes de agua a derecha e izquierda del pasillo, como a cuatro pies de altura. Nuestro Señor Jesús, en la Hostia Consagrada en la custodia, permanecía regiamente sobre el altar, completamente seco.

El milagro recuerda lo que cuenta la Biblia sobre el Mar Rojo que se parte ante el ingreso de los Israelitas y la división del río Jordán ante la entrada en él del arca de la alianza. Realmente, también les pareció de esa forma a los Penitentes Grises. Buscaron a otros miembros de los Penitentes Grises para que fueran y verificaran el milagro. Los cuatro Frailes oraron juntos y llevaron la custodia que contenía el Santísimo Sacramento a una Iglesia Franciscana en tierra seca. Cuando colocaron la custodia en el altar, leyeron del libro del Éxodo sobre la División del Mar Rojo (Éxodo 14:21): "Moisés tendió su mando sobre el mar e hizo soplar Dios sobre el mar toda la noche un fortísimo viento solano, que le secó, y se dividieron las aguas. Los hijos de Israel entraron en medio del mar, a pie enjuto, formando para ello las aguas una muralla a derecha e izquierda." Los Franciscanos escribieron el testimonio de los cuatro Frailes en los registros de su comunidad, donde se conservan hasta hoy día.

En este tiempo se creó una tradición que todavía está en práctica. El 30 de noviembre de cada año, en la capilla de la iglesia de Avignon, los Penitentes Grises se ponen una soga alrededor del cuello, y arrastrándose piadosamente en sus manos y rodillas, vuelven a recrear el incidente, trayendo a la memoria los pasos que siguieron sus antepasados, por el mismo camino que siguieron la noche del milagro.

Tipos de creencias

sábado, 26 de septiembre del 2009 a las 16:48
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Religión

De Wikipedia, la enciclopedia libre

La religión es un sistema de la actividad humana compuesto por creencias y prácticas divinas, tanto personales como colectivas, de tipo existencial, moral, sobrenatural y espiritual. Se habla de «religiones» para hacer referencia a formas específicas de manifestación del fenómeno religioso, compartidas por los diferentes grupos humanos. Hay religiones que están organizadas de formas más o menos rígidas, mientras que otras carecen de estructura formal y están integradas en las tradiciones culturales de la sociedad o etnia en la que se practican. El término hace referencia tanto a las creencias y prácticas personales como a ritos y enseñanzas colectivas.

Algunos símbolos religiosos

Contenido

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Definiciones

Alá (Dios) en árabe. El islam no utiliza imágenes para sus representaciones sagradas.

Definir qué es religión (del latín religare o re-legere) ha sido y es motivo de controversia entre los especialistas. Según el sociólogo G. Lenski, es «un sistema compartido de creencias y prácticas asociadas, que se articulan en torno a la naturaleza de las fuerzas que configuran el destino de los seres humanos».[1] Por su parte, el antropólogo Clifford Geertz propone una definición alternativa: «La religión es un sistema de símbolos que obra para establecer vigorosos, penetrantes y duraderos estados anímicos y motivaciones en los hombres, formulando concepciones de un orden general de existencia y revistiendo estas concepciones con una aureola de efectividad tal que los estados anímicos y motivaciones parezcan de un realismo único».[2] Debido al amplio espectro de usos de la palabra, resulta especialmente complejo ofrecer una definición exhaustiva de la religión o del fenómeno religioso. Sin embargo, se puede afirmar que, como hecho antropológico, engloba entre otros los siguientes elementos: tradiciones, culturas ancestrales, instituciones, escrituras, historia, mitología, fe y credos, experiencias místicas, ritos, liturgias, oraciones...

Aunque la antropología ha recogido manifestaciones religiosas desde el primer momento de la existencia del hombre y éstas han influido decisivamente en la configuración de las diversas culturas y sociedades, todavía se discute si es un fenómeno esencial del hombre o puede ser reducido a otras experiencias o aspectos humanos más fundamentales. El ser humano ha hecho uso de las religiones para encontrar sentido a su existencia y para dar trascendencia y explicación al mundo, el universo y todo lo imaginable.

La palabra «religión» en ocasiones se usa como sinónimo de «religión organizada» u «organización religiosa», es decir, instituciones que respaldan el ejercicio de ciertas religiones, frecuentemente bajo la forma de entidades legales.

Diversas ciencias humanas se han interesado por el fenómeno religioso desde sus respectivos puntos de vista como por ejemplo la antropología, la sociología, la psicología y la historia de las religiones. Por otro lado, disciplinas como la fenomenología de la religión estudian específicamente sus manifestaciones intentando dar con una definición exhaustiva del fenómeno y mostrar su relación con la índole propia del ser humano.

En un sentido más amplio, también se utiliza para referirse a una obligación de conciencia que impele al cumplimiento de un deber.[3]

Etimología

La etimología del término 'religión' ha sido debatida durante siglos debido a las dos interpretaciones que se han sostenido que además de ofrecer una propuesta acerca del origen de la palabra, subrayan alguna actitud religiosa.

Antes de ser usada con un sentido relacionado con las divinidades, el término «religión» o «religioso» era utilizado para expresar un temor o un escrúpulo supersticioso. Así consta en textos de Julio César (De Bello Gallico VI 36) y Tito Livio (Historia de Roma desde su fundación IV 30).

La primera interpretación relacionada con el culto es la del orador latino Cicerón que en su obra De natura deorum ofrece la siguiente etimología: «Quienes se interesan en todas las cosas relacionadas con el culto, las retoman atentamente y como que las releen, son llamados «religiosos» a partir de la relectura.[4] Esta etimología —filológicamente más correcta— subraya la fidelidad a los deberes que la persona religiosa contrae con la divinidad y por tanto está más relacionada con la justicia.[5]

La otra etimología propuesta por Lactancio hace derivar la palabra «religión» del verbo latino religare: «Obligados por un vínculo de piedad a Dios estamos “religados”, de donde el mismo término “religión” tiene su origen, no —como fue propuesto por Cicerón— a partir de “releyendo”».[6] Este segundo sentido resalta la relación de dependencia que «religa» al hombre con las potencias superiores de las cuales él se puede llegar a sentir dependiente y que le lleva a tributarles actos de culto.[7]

Enfoques del estudio de la religión

Imagen de Buda en estilo grecobudista, Museo Nacional de Tokio.

La definición del amplio espectro de significados que refleja el concepto religión en cuanto implica encontrar un elemento propio, distintivo y único, es una exigencia propia de las culturas occidentales,[8] ya que son éstas las que desde una postura más teísta distinguen entre divinidad y el resto del mundo. Especialmente, desde la Ilustración se han elaborado muchas y variadas definiciones intentando recoger los aspectos propios del fenómeno religioso. Aquí se mencionarán los más significativos. Es obvio que las definiciones que parten de un Ser Supremo o lo dan por supuesto se han de rechazar pues no se aplican a muchas religiones de Asia oriental o a los pueblos primitivos.

Una posibilidad es intentar una definición desde el punto de vista de las personas que practican la religión. Así encontramos propuestas como las de Friedrich Schleiermacher: «sentimiento de dependencia absoluta» que luego distingue este sentimiento de los tipos de dependencia relativa. William James subraya más bien «el carácter entusiasta de la adhesión» de los miembros de las religiones. Desde este punto de vista se pueden considerar elementos como los sentimientos, los factores experienciales, emotivos o intuitivos, pero siempre desde una perspectiva más bien individualista.

Con el estudio que las diversas ciencias humanas (sociología y antropología cultural especialmente) han realizado de la religión, se ha logrado formular otro conjunto de definiciones que consideran este fenómeno en su ámbito social y cultural. La conocida definición del sociólogo francés Durkheim entra en este grupo: «Una religión es un sistema solidario de creencias y de prácticas relativas a las cosas sagradas. [...] Toda sociedad posee todo lo necesario para suscitar en sus miembros la sensación de lo divino, simplemente a través del poder que ella ejerce sobre ellos».[9]

Sin embargo, con la llegada de la fenomenología de la religión, se intentó ir más allá de las formas que buscaban el núcleo propio del fenómeno en la sociedad o en los aspectos individuales. Y en ese ámbito se identificó como propio de la religión el hecho de la presencia o consciencia de lo sagrado. Rudolf Otto en su obra, Lo santo, publicada en 1917, indica como esencia de la consciencia religiosa el temor reverencial ante aquello que espanta (tremendum) y atrae casi irresistiblemente (fascinans).

Sin embargo, estos elementos que Otto refiere como propios de la experiencia religiosa parecen estar ausentes en las religiones asiáticas. En Mircea Eliade se da una ampliación de la noción de «sagrado» que perfecciona la definición de Otto. Habla de espacios, cosas y tiempos sagrados en la medida en que estos se relacionan con simbolismos y rituales propios de las religiones. Así la religión es la configuración u organización de la existencia a partir de dimensiones profundas de la experiencia humana que relacionan al hombre con algo que se le presenta como último y trascendente. Tales dimensiones varían de acuerdo con las circunstancias y culturas.

Laicismo religioso

A partir del siglo XVIII, con la irrupción del humanismo y el movimiento de los ilustrados en Europa, que se extenderá con rapidez a otras partes del mundo, se intenta separar la doctrina del Estado de la doctrina religiosa. Actualmente, estas ideas de separación de los poderes político y religioso aún no ha concluido. En buena parte del planeta apenas ha empezado, y en los países occidentales, aunque observan la laicidad del estado, todavía la religión puede actuar con una enorme influencia en sus legislaciones. Por ejemplo en el caso de Estados Unidos[10] o el de España[11]

En los países asiáticos, la separación entre Estado y religión está más o menos implícita de cierto laicismo. China, Japón, Vietnam y otros países del sudeste asiático conllevan cierto laicismo estatal en su propia historia al ser países en donde coexisten distintas religiones. En el caso de Tailandia o Sri-Lanka, con mayorías budistas, en más de un 90%, se mantienen debates sociales para afrontar el laicismo del Estado y diversos cambios legales.[12]

En los países con mayorías musulmanas hay distintas aproximaciones a la laicidad del Estado. Países como Turquía o Siria son más laicos, mientras que otros como Irán o Arabia Saudí se definen como islámicos. El mundo islámico es variado y complejo, y existen movimientos tanto secularizadores como prorreligiosos.[13]

Israel es un estado laico, si bien se proyecta como religioso. India es un caso parecido, también es un país laico, aunque su organización social y legislación, continúan siendo muy influidas por la religión. En estos casos están influidos, en buena medida, por el componente étnico de sus religiones mayoritarias.

Religiones

Hay diferentes clasificaciones de las religiones, por ejemplo:

Por concepción teológica

  • Teísmo: es la creencia en una o más deidades. Dentro del teísmo cabe distinguir entre:
    • Monoteístas: aquellas religiones que afirman la existencia de un solo Dios, que a menudo es creador del universo. Las religiones monoteístas más numerosas son el cristianismo y el islam. Otras más minoritarias son el judaísmo,zoroastrismo[14] [15] [16] [17] o la fe bahai.
    • Politeístas: las religiones que observan la creencia en múltiples dioses, como sucede en varias religiones del hinduísmo así como en las históricas griega y romana.
      • Henoteístas: el orientalista alemán Max Muller acuñó éste término en el siglo XIX para referirse a la creencia en un sólo Dios en la que se admiten otras deidades, como sucedía en la antigua religión egipcia especialmente con Akenatón. Aunque ya en la época de Muller resultó un término problemático[18] y quedó con el tiempo incluído académicante dentro de politeísmo, panteísmo, etc.. dependiendo del caso histórico. Actualmente, algunas sectas y cultos neopaganos han resucitado el término[19]
    • Dualistas: aquellas religiones que suponen la existencia de dos principios o divinidades opuestos y enfrentados entre sí, aunque sólo uno de ellos suele ser merecedor de veneración por sus fieles mientras que el otro es considerado demoníaco o destructivo. Cabe incluir en esta categoría el el maniqueísmo y el catarismo.
    • Politeístas: creen en la existencia de diversos dioses organizados en una jerarquía o panteón, como ocurre en el hinduismo, el shinto japonés, o las antiguas religiones de la humanidad como la griega, la romana o la egipcia. También cabe incluir aquí la mayoría de corrientes del neopaganismo moderno.
  • No teístas: Hay religiones como el budismo y el taoísmo, que desdeñan o rechazan la existencia de dioses absolutos o creadores universales, o bien les otorgan funciones menores o muy específicas (como, por ejemplo, la creencia taoísta en el Emperador de Jade). En ocasiones, estas deidades son vistas como recursos metafóricos utilizados para referirse a fenómenos naturales o a estados de la mente.

Por revelación

Otra división que se utiliza consiste en hablar de religiones reveladas o no reveladas.

  • Las religiones reveladas se fundamentan en una verdad revelada de caracter sobrenatural desde una deidad o ámbito trascendente y que indica a menudo cuáles son los dogmas en los que se debe creer y las normas y ritos que se deben seguir.
  • Las religiones no reveladas no definen su origen según un mensaje dado por deidades o mensajeros de ellas, aunque pueden contener sistemas elaborados de organización de deidades reconociendo la existencia de éstas deidades y espíritus en las manifestaciones de la naturaleza.

Por origen

Otra clasificación de las religiones es por origen o familia. Las religiones se agrupan en troncos de donde derivan, por ejemplo:

Usualmente se acepta que las principales familias de religiones son las siguientes:

Sectas o Nuevos Movimientos Religiosos

Artículo principal: Secta

Algunas religiones, de reciente creación, tienen un estatus complejo ya que no son reconocidas como religiones de manera universal. Una secta o Nuevo Movimiento Religioso, según la antropología y la sociología, es, desde el punto de vista sociológico, un grupo de personas con afinidades comunes: culturales, religiosas, políticas, esotéricas, etc. Habitualmente es un término peyorativo, frente al que ha surgido el eufemismo «nuevos movimientos religiosos».

Aunque el vocablo «secta» esté relacionado con grupos que posean una misma afinidad, con el paso de los años ha adquirido una connotación relacionada con grupos de carácter religioso, a los que se califica como «secta destructiva». Estos grupos pueden tener un historial judicial en uno o varios países, por manipulación mental o por ser grupos de caracter destructivo. En algunos países, algunas de estas no están reconocidas o autorizadas. A menudo una secta está centrada en el culto personal al profeta o líder, del grupo. La palabra secta se ha concebido derivada, principalmente, del latín seqüi: ‘seguir’.

Las religiones en cifras

La mayoría de las diversas religiones gozan de buena salud en número de seguidores y su número ha aumentado en todo el mundo. En los países con anteriores regímenes comunistas la religión se ha revitalizado a una velocidad sorprendente como muestran los casos de Rusia y China.

Ganesh, la popular deidad hindú destructora de obstáculos y patrón de las artes, las ciencias y la sabiduría.

No existen hasta la fecha unas estadísticas fiables del numero de seguidores de las religiones del mundo. Cada religión suele aportar sus propios cálculos estimativos, que a menudo suelen sumar seguidores sin criterios demasiado científicos, tales como geografía, ritos tempranos de iniciación (bautismos, etc) o la pertenencia familiar. En la siguiente estadística se muestra el cálculo estimativo aportado por las diferentes religiones. A falta de datos actualizados, aquellas que no han hecho públicos sus cálculos muestran aquí el recopilado en el sitio adherents.com,[20] dependiente de una organización cristiana evangélica estadounidense.

 

Véase también: Religiones en número

Religiones en el mundo

Lista de las principales religiones actualmente practicadas en el mundo, por orden alfabético.

Judíos orando en la sinagoga en Yom Kipur, por Gottlieb
  • Jainismo: fundado en la India en el siglo VI a. C. por Mahavira.
  • Judaísmo: basado en las enseñanzas de la Torá. Principalmente en Israel, pero después de la diáspora están extendidos en el mundo.
    • Conservador: llamado Maserti. Señalan la importancia del movimiento sionista en el judaísmo.
    • Secular: el judaísmo secular es aquel que se ve independiente de organizaciones.
    • Ortodoxo: llamado Haredi. Es la línea teológica más conservadora del judaísmo.
  • Shinto: religión nativa de Japón, en su origen chamánica y animista. Es seguida por muchos japoneses.
  • Sijismo: fundada por Gurú Nanak en el siglo XV en la India, en la región del Panyab.
  • Mandeísmo: una religión muy antigua que parece ser descendiente del gnosticismo antiguo y rinde culto a Juan el Bautista. Probablemente son los sabeos mencionados en el Corán. Cuenta con 38.000 seguidores, casi todos en Iraq.
  • Neopaganismo: se refiere a todos los movimientos religiosos que reconstruyen antiguas creencias del paganismo, principalmente europeo. Sus principales ramas son:
    • Ásatrú: neopaganismo fundamentado en las creencias de los antiguos nórdicos y germanos.
    • Celtismo: neopaganismo celta.
    • Etenismo: neopaganismo germano.
    • Kemetismo: neopaganismo egipcio. Nuevo culto neopagano de afroamericanos hacen uso del término en Estados Unidos. Algunos de estos cultos es de carácter destructivo.[28] Kemet significa 'negro' predicando así diversos grados de supremacía negra.
    • Neodruidismo: neopaganismo druida.
    • Romuva: neopaganismo báltico.
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Fotos de cuerpos incorruptos

jueves, 24 de septiembre del 2009 a las 02:33
SANTOS INCORRUPTOS


San Silvano


Beata Ana Marìa Taigi


Santa Bernardete


Beato Estèfano Bellesini


San Juan Marìa Vianney



San Vicente de Paul


Santa Verònica Giuliani


Santa Catalina Labourè



Santa Fortunata


Santa Marìa Magdalena de Pazzis


Santa Cristina


Papa Beato Juan XXIII


San Hermiòn


San Pìo X

 


Corazòn y ojos incorruptos de Santa Juanda de Chantal


Cuerpo incorrupto de San Rafael Guizar y Valencia


Brazo incorrupto de San Vicente Màrtir

 


Cuerpo incorrupto de la Beata Marìa de San Josè


Mano incorrupta de San Juan Crisòstomo


Santa Catalina de Bolgna

 


Mano derecha incorrupta de San Stephen


Santa Zita


Santa Margarita Marìa de Alacoque

 


Beato Angelo de Acri




San Carlos de Sezze


San Eusebio de Roma


San Juan Bosco

 


Santa Agape


Santa Eufemia de Calcedonia


Santa Lucìa


Venerable Marìa de Jesùs de Agreda


Santa Rita de Cascia



Beata Jacinta Marto

Mensaje de la Virgen de Fátima

miércoles, 23 de septiembre del 2009 a las 00:48
Apariciones y Mensaje
 
FÁTIMA

Situada en la diócesis de Leiría, perdida en uno de los contrafuertes de la Sierra de Aire, a 100 kms. al norte de Lisboa y casi en el centro geográfico de Portugal, Fátima tiene a su alrededor, en un radio de cerca de 25 kms., algunos de los monumentos más elocuentes y simbólicos de la historia portuguesa: el castillo construido por Don Alfonso Enríquez en Leiría, cuyas imponentes ruinas, altas murallas y fuertes y bellos torreones, se yerguen en la cumbre de una colina de 113 metros de altura; el grandioso Monasterio de la Batalla el cual, con sus amplios salones, soberbios arbotantes, pináculos y ornamentos, es ciertamente la más bella joya de la arquitectura medieval del país; el convento-fortaleza de Tomar, antiguo cuartel general de los templarios lusitanos y más tarde de la Orden de Cristo; no muy distante, circundada por murallas medievales y asentada sobre un cerro que domina la vasta planicie, la encantadora villa de Ourém, con sus estrechas y accidentadas laderas, ruinas góticas y lienzos de muralla del viejo castillo del señor feudal; por fin, construida en el austero y elegante estilo gótico, la gran abadía cisterciense de Alcobaça, una de las mayores de Europa que, en sus días de gloria fue centro de fervor religioso y de gran cultura, dando cabida a más de mil monjes.
No muy distante de Fátima, hacia el océano, se encuentra el varias veces centenario pinar de Leiría, plantado por el rey Don Dionís en plena Edad Media.
En el paisaje de la región predominan las colinas desnudas y pedregosas, salpicadas de encinas, viéndose aquí y allí pueblos de casas blancas, brillantes a la luz del sol y en los valles, algunos bosques de olivos, robles y pinos.
Fue este escenario bucólico, tranquilo y denso en recuerdos, el escogido por la Madre de Dios para transmitir al mundo una de las más graves profecías de la Historia. Palabras venidas del Cielo, cargadas de advertencias, de misericordia y de esperanza.
 
Un domingo como los demás para tres pastorcitos
 
Transcurría la primavera de 1917. La Primera Guerra Mundial, la grande y sangrienta guerra de las naciones, hacía más de tres años que extendía sus campos de batalla por casi toda la Tierra.
Sin embargo, en aquella luminosa mañana del domingo 13 de mayo, las calamidades y horrores de la guerra parecían distantes para tres pastorcitos. Se trataba de Lucía de Jesús dos Santos, la mayor, con 10 años; Francisco y Jacinta Marto, con 9 y 7 años, respectivamente.
Después de asistir a Misa en la iglesia de Aljustrel, caserío de la parroquia de Fátima, donde residían, salieron en dirección a la sierra y allí juntaron su pequeño rebaño de ovejas castañas y blancas. Lucía, al escoger el lugar de pastoreo para el día, dijo con aire de mando:
— Vamos a las tierras de mi padre, en la Cova de Iría.
Obedeciendo, los otros pusieron en marcha las ovejas, y allí fueron los tres atravesando los matorrales que cubrían la Sierra de Aire. Los animales iban arrancando lo que encontraban a su alcance, y sus cencerros sonaban tristes en el silencio de la mañana clara.
Era un bello domingo ese 13 de mayo, ¡mes de María! En el cielo límpido y translúcido, el sol se mostraba en todo su esplendor.
El tiempo había pasado sereno y entretenido. Los pastorcitos ya habían comido su merienda, compuesta de pan de centeno, queso y aceitunas; habían rezado el Rosario, junto a un pequeño olivo que el padre de Lucía había plantado por allí.
Cerca del mediodía, subieron a una parte más elevada de la propiedad y comenzaron a jugar…
 
Primera aparición de la Santísima Virgen
 
Súbitamente, en medio de su inocente recreo, los tres niños vieron como una claridad de relámpago que los sorprendió. Contemplaron el cielo, el horizonte y, después, se miraron entre sí: cada uno vio al otro mudo y atónito; el horizonte estaba limpio y el cielo luminoso y sereno. ¿Qué habría pasado?
Pero Lucía, siempre con cierto tono imperativo, ordenó:
— Vengan, que puede venir una tormenta.
— Pues vamos, dijo Jacinta.
Juntaron el rebaño y lo condujeron descendiendo hacia la derecha. A medio camino entre el monte que dejaban y una encina grande que tenían delante, vieron un segundo relámpago.
fatima45.jpg94Con redoblado susto, apresuraron el paso continuando el descenso. Sin embargo, apenas habían llegado al fondo de la «Cova» cuando se pararon, confusos y maravillados: allí, a corta distancia, sobre una encina de un metro y poco de altura, se les aparecía la Madre de Dios.
Según las descripciones de la Hermana Lucía, era «una Señora vestida toda de blanco, más brillante que el sol, irradiando una luz más clara e intensa que un vaso de cristal lleno de agua cristalina, atravesado por los rayos del sol más ardiente». Su semblante era de una belleza indescriptible, ni triste ni alegre, sino serio, tal vez con una suave expresión de ligera censura. ¿Cómo describir con detalle sus trazos? ¿De qué color eran los ojos y los cabellos de esa figura celestial? ¡Lucía nunca lo supo decir con certeza!
El vestido, más blanco que la propia nieve, parecía tejido de luz. Tenía las mangas relativamente estrechas y el cuello cerrado, llegando hasta los pies que envueltos por una tenue nube, apenas se veían rozando la copa de la encina. La túnica era blanca, y un manto también blanco, con bordes de oro, del mismo largo que el vestido, le cubría casi todo el cuerpo. «Tenía las manos puestas en actitud de oración, apoyadas en el pecho, y de la derecha pendía un lindo rosario de cuentas brillantes como perlas, con una pequeña cruz de vivísima luz plateada. [Como] único adorno, un fino collar de oro reluciente, colgando sobre el pecho y rematado casi a la altura de la cintura, por una pequeña esfera del mismo metal».
Lo que ocurrió a continuación es así relatado por la Hermana Lucía:
«Estábamos tan cerca, que quedábamos dentro de la luz que la cercaba, o que irradiaba. Tal vez a un metro y medio de distancia, más o menos. Entonces, Nuestra Señora nos dijo:
— No tengáis miedo, no os haré mal.
— ¿De dónde es Vuestra Merced? le pregunté.
— Soy del Cielo.
—¿Y qué quiere de mí Vuestra Merced?
— Vengo a pediros que volváis aquí durante seis meses seguidos, los días 13 y a esta misma hora. Después os diré quién soy y lo que quiero. Y volveré aquí aun una séptima vez.
— ¿Y yo también voy a ir al Cielo?
— Sí, irás.
—¿Y Jacinta?
— También.
— ¿Y Francisco?
— También, pero tiene que rezar muchos rosarios.
Me acordé entonces de preguntar por dos niñas que habían muerto hacía poco. Eran amigas mías y [frecuentaban] mi casa [para] aprender a tejer con mi hermana mayor.
— ¿María de las Nieves ya está en el Cielo?
— Sí, está.
—¿Y Amalia?
—Estará en el Purgatorio hasta el fin del mundo. ¿Queréis ofreceros a Dios para soportar todos los sufrimientos que os quiera enviar, en reparación por los pecados con que Él es ofendido, y en súplica por la conversión de los pecadores?
— Sí, queremos.
— Vais, pues, a tener mucho que sufrir, pero la gracia de Dios será vuestro consuelo.
Fue al pronunciar estas últimas palabras 'la gracia de Dios, etc.', cuando abrió las manos por primera vez, comunicándonos una luz tan intensa, como el reflejo que de ellas procedía, que, peñerándonos en el pecho y en lo más íntimo del alma, nos hacía vernos a nosotros mismos en Dios, que era esa luz, más claramente que como nos vemos en el mejor de los espejos. Entonces, por un impulso interior también comunicado, caímos de rodillas y repetimos interiormente: Oh, Santísima Trinidad, yo te adoro. Dios mío, Dios mío, yo te amo en el Santísimo Sacramento.
Pasados los primeros momentos, Nuestra Señora añadió:
—Rezad el Rosario todos los días para alcanzar la paz del mundo y el fin de la guerra.
Enseguida comenzó a elevarse serenamente, subiendo en dirección al naciente, hasta desaparecer en la inmensidad de la distancia. La luz que la circundaba iba abriendo un camino en la obscuridad de los astros, motivo por el cual alguna vez dijimos que vimos abrirse el Cielo».
Después que la Aparición se eclipsó en la infinitud del firmamento, los tres pastorcitos permanecieron silenciosos y pensativos, contemplando durante un largo rato el cielo. Poco a poco, fueron despertando
del estado de éxtasis en que se encontraban. A su alrededor, la naturaleza volvió a ser lo que era. El sol continuaba fulgurando sobre la tierra, y el rebaño, esparcido, se había echado a la sombra de las encinas. Todo era quietud en la sierra desierta.
La celestial Mensajera había producido en los niños una deliciosa impresión de paz y de alegría radiante, de frescura y libertad. Les parecía que podrían volar como los pájaros. De cuando en cuando, el silencio en que habían caído era interrumpido por esta jubilosa exclamación de Jacinta:
— ¡Ay, qué Señora tan bonita! ¡Ay, qué Señora tan bonita!
En ésta, como en las demás apariciones, la Virgen Santísima habló sólo con Lucía, mientras que Jacinta solamente oía lo que Ella decía. Francisco, sin embargo, no la oía, concentrando toda su atención en verla. Cuando las dos niñas le relataron el diálogo arriba transcrito, y la parte que se refería a él, se llenó de gran alegría. Cruzando las manos sobre su cabeza, el niño exclamó en voz alta:
— ¡Oh, Señora mía! ¡Rosarios digo cuantos queráis!
Los pastorcitos se sentían otros. Sus almas estaban ligeras y alegres.
Ya los envolvían las penumbras del atardecer, mientras en la sierra se oían los ecos de las campanas tocando el Ángelus. Recogiendo sus ovejas, los tres niños abandonaron aquel sitio bendito. En el silencio del anochecer, que iba cubriendo las sierras, «se oía el sonido ronco del cencerro, y los pasos menudos del rebaño, camino abajo, eran como llovizna de verano en hojas secas...»
 
Segunda aparición: 13 de junio de 1917
 
El día señalado para la segunda aparición, los videntes se encontraron en Cova de Iría, donde ya se aglomeraban cerca de 50 curiosos, entre hombres y mujeres. Inmediatamente antes de que Lucía hablase con Nuestra Señora, algunos observaron que la luz del sol disminuyó, a pesar de que el cielo estaba despejado. A otros les pareció que la copa de la encina, cubierta de brotes, se curvaba como si soportase un peso. Y, según un testigo ocular, los circunstantes habrían oído algo como «una voz muy aguda, como un zumbido de abeja».
La Hermana Lucía describe así lo sucedido:
«Después de rezar el Rosario con Jacinta y Francisco, y las demás personas que estaban presentes, vimos de nuevo el reflejo de la luz que se aproximaba (lo que llamábamos relámpago); y, enseguida, a Nuestra Señora sobre la encina, igual [que en la aparición] de mayo.
— ¿Qué quiere Vuestra Merced de mí? -pregunté.imagen1.jpg95
— Quiero que vengáis aquí el día 13 del mes que viene, que recéis el rosario todos los días, y que aprendáis a leer. Después diré lo que quiero.
Lucía pide la curación de un enfermo.
— Si se convierte, se curará en el transcurso del año.
— Quería pedirle que nos llevara al Cielo.
— Sí, a Jacinta y a Francisco los llevaré en breve. Pero tú te quedarás aquí algún tiempo más. Jesús quiere servirse de ti para hacerme conocer y amar. Él quiere establecer en el mundo la devoción a mi Inmaculado Corazón. A quien la abrace, le prometo la salvación; y serán amadas de Dios estas almas, como flores puestas por mí para adornar su trono.
— ¿Y me quedo aquí sola?
—No, hija. ¿Y tú sufres mucho con eso? No te desanimes. Nunca te dejaré. Mi Inmaculado Corazón será tu refugio y el camino que te conducirá a Dios.
Al decir estas últimas palabras, abrió las manos y nos comunicó, por segunda vez, el reflejo de aquella luz tan intensa. En ella nos veíamos como sumergidos en Dios. Francisco y Jacinta parecían estar en la parte que se elevaba hacia el Cielo y yo en la que se esparcía por la tierra. Delante de la mano derecha de la Santísima Virgen había un Corazón rodeado de espinas que parecían clavárseles por todas partes. Comprendimos que era el Inmaculado Corazón de María, ultrajado por los pecados de los hombres, que pedía reparación».
Poco a poco, esa visión se desvaneció ante los ojos maravillados de los tres pastorcitos. La Señora, siempre resplandeciente de luz, comenzó entonces a elevarse del arbusto y, subiendo suavemente por el camino luminoso que su brillo incomparable parecía abrir en el firmamento, se retiró hacia el este, hasta desaparecer.
Extasiados, los videntes la siguieron con la mirada, y Lucía gritó a los circunstantes:
— Si la quieren ver, miren... va más para allá...

Algunos que se encontraban más próximos notaron que los brotes de la copa de la encina estaban inclinados en la misma dirección apuntada por Lucía, como si las ropas de la Señora, rozándolas al partir, las hubiesen arrastrado y doblado. Sólo después de algunas horas volvieron a su posición normal.
Una vez desaparecida por completo la visión. Lucía exclamó:
— ¡Listo! Ahora ya no se ve; ya entró en el cielo; ya se cerraron las puertas.
El público allí presente, aunque no hubiese visto a Nuestra Señora, comprendió que acababa de pasar algo extraordinario y sobrenatural. Algunos comenzaron a arrancar ramitas y hojas de la copa de la encina, pero enseguida fueron advertidos por Lucía para que tomasen sólo las de abajo, que la Santísima Virgen no había tocado.
En el camino de vuelta a casa, todos iban rezando el Rosario en alabanza de la Augusta Señora que se había dignado descender del Cielo hasta aquel perdido rincón de Portugal...
 
Tercera aparición: 13 de julio de 1917
 
Era un viernes el día en que se daría la tercera aparición de Nuestra Señora. Lucía, que hasta la tarde del día anterior estaba resuelta a no ir a la Cova de Iría, al aproximarse la hora en que debían partir, se sintió de repente impelida por una extraña fuerza, a la que no le era fácil resistirse. Fue a buscar a sus primos, que se encontraban en el cuarto, de rodillas, llorando y rezando:
— Entonces ¿no vais? Ya es la hora.
— Sin ti no nos atrevemos a ir. Vamos, ¡ven!
— Pues yo ya iba...
— Los tres niños se pusieron en camino. Al llegar al lugar de las apariciones se sorprendieron con la multitud que había acudido —más de dos mil personas— para presenciar el extraordinario acontecimiento.
Según el Sr. Marto, padre de Francisco y Jacinta, en el momento en que la Santísima Virgen apareció, una nubecita cenicienta flotó sobre la encina, el sol empalideció y una brisa fresca comenzó a soplar, aunque fuese pleno verano. En medio del silencio profundo de la gente, se oía un susurro como el de una mosca en un cántaro vacío.
Es la Hermana Lucía quien narra lo que entonces sucedió:
«Vimos el reflejo de la luz como de costumbre y, enseguida, a Nuestra Señora sobre la pequeña encina.
— ¿Qué quiere Vuestra Merced de mí?-pregunté.imagen3.jpg96
— Quiero que vengáis el 13 del mes que viene, y que continuéis rezando el Rosario todos los días en honor de Nuestra Señora del Rosario, para obtener la paz del mundo y el fin de la guerra, porque sólo Ella los podrá socorrer.
— Quería pedirle que nos dijera quién es y que hiciera un milagro con el que todos crean que Vuestra Merced se nos aparece.
— Continuad viniendo aquí todos los meses. En octubre diré quién soy y lo que quiero, y haré un milagro que todos han de ver, para que crean.
Entonces hice algunas peticiones [de parte de varias personas]. Nuestra Señora dijo que era necesario que rezasen el Rosario para alcanzar las gracias durante el año. Y continuó diciendo:
— Sacrificaos por los pecadores y decid muchas veces, sobre todo cuando hagáis algún sacrificio: ¡Oh! Jesús, es por vuestro amor, por la conversión de los pecadores y en reparación de los pecados cometidos contra el Inmaculado Corazón de María».
 
* Primera parte del secreto:
 
«Al decir estas últimas palabras —narra la Hermana Lucía— abrió de nuevo las manos como en los dos meses anteriores. El reflejo [de los rayos de luz] pareció penetrar la tierra, y vimos como un mar de fuego y, sumergidos en ese fuego, a los demonios y las almas como si fuesen brasas transparentes y negras o bronceadas, con forma humana, que flotaban en el incendio llevados por las llamas que de ellas mismas salían juntamente con nubes de humo, cayendo hacia todos los lados —semejante al caer de las chispas en los grandes incendios— sin peso ni equilibrio, entre gritos y gemidos de dolor y desesperación que horrorizaban y hacían estremecer de pavor (Debe haber sido ante esta visión que solté aquel 'ay', que dicen haberme oído exclamar). Los demonios se distinguían por formas horribles y asquerosas de animales espantosos y desconocidos, pero transparentes como negros carbones en brasa.»
 
* Segunda parte del secreto:
 
«Asustados y como pidiendo socorro, levantamos los ojos hacia Nuestra Señora, que nos dijo con bondad y tristeza:
— Visteis el Infierno, a donde van las almas de los pobres pecadores. Para salvarlas, Dios quiere establecer en el mundo la devoción a mi Inmaculado Corazón. Si hacen lo que yo os diga, se salvarán muchas almas y tendrán paz. La guerra va a terminar. Pero, sí no dejan de ofender a Dios, en el reinado de Pío XI comenzará otra peor. Cuando veáis una noche iluminada por una luz desconocida, sabed que es la gran señal que Dios os da de que va a castigar al mundo por sus crímenes, por medio de la guerra, del hambre y de persecuciones a la Iglesia y al Santo Padre.
Para impedirlo, vendré a pedir la consagración de Rusia a mi Inmaculado Corazón y la comunión reparadora en los primeros sábados. Si atienden mis peticiones, Rusia se convertirá y tendrán paz. Si no, esparcirá sus errores por el mundo, promoviendo guerras y persecuciones a la Iglesia. Los buenos serán martirizados, el Santo Padre tendrá mucho que sufrir, varias naciones serán aniquiladas. Por fin, mi Inmaculado Corazón triunfará. El Santo Padre me consagrará Rusia, que se convertirá, y será concedido al mundo algún tiempo de paz.
En Portugal se conservará siempre el dogma de la Fe, etc. Esto no se lo digáis a nadie. A Francisco, sí, podéis decírselo.
Cuando recéis el Rosario, decid después de cada Misterio: ¡Oh! Jesús mío, perdónanos, líbranos del fuego del Infierno, lleva a todas las almas al Cielo, principalmente a las que más lo necesiten.
Se siguió un instante de silencio, y pregunté:
— ¿ Vuestra Merced no quiere nada más de mí?
— No, hoy no quiero nada más de ti.
Y, como de costumbre, comenzó a elevarse en dirección al este, desapareciendo en la inmensa lejanía del firmamento».
Se oyó entonces, de acuerdo al Sr. Marto, una especie de trueno que indicaba haber terminado la aparición.
 
Cuarta aparición: 15 de agosto de 1917
 
Habiendo sido secuestrados y mantenidos tres días bajo vigilancia por el Administrador de Ourém, que a toda costa —y en vano— deseaba arrancarles el secreto confiado por la Virgen, los tres videntes no pudieron comparecer a la Cova de Iría el día 13 de agosto, cuando se daría la cuarta aparición de la Santísima Virgen.
Según el testimonio de algunas de las numerosas personas que acudieron al lugar, poco después del mediodía se oyó un trueno, más o menos como las otras veces, al cual siguió el relámpago y, enseguida, todos comenzaron a notar una pequeña nube, muy leve, blanca y muy bonita, que sobrevoló unos minutos sobre la encina, subiendo después hacia el cielo y desapareciendo en el aire. Los rostros de los presentes brillaban con todos los colores del arco iris; los árboles no parecían tener ramas y hojas, sino sólo flores; el suelo y las ropas de las personas también estaban del color del arco iris. Nuestra Señora parecía haber venido, pero no encontró a los pastorcitos.
imagen4.jpg97Leamos ahora el relato de la Hermana Lucía sobre la cuarta aparición de la Madre de Dios:
«Andando con las ovejas, en compañía de Francisco y de su hermano Juan, en un lugar llamado Valinhos, y sintiendo que algo de sobrenatural se aproximaba y nos envolvía, sospechando que la Santísima Virgen nos fuese a aparecer, y teniendo pena de que Jacinta quedase sin verla, pedimos a su hermano Juan que la fuese a llamar.
Mientras tanto, vi con Francisco el reflejo de la luz, a la que llamábamos relámpago y, llegada Jacinta un instante después, vimos a Nuestra Señora sobre una encina.
— ¿Que quiere Vuestra Merced de mí?
— Quiero que continuéis yendo a Cova de Iría el día 13 y que continuéis rezando el Rosario todos los días. En el último mes haré el milagro para que todos crean.
— ¿ Qué quiere Vuestra Merced que se haga con el dinero que la gente deja en Cova de Iría?
—Haced dos andas; una llévala tú con Jacinta y dos niñas más vestidas de blanco; la otra, que la lleve Francisco con tres niños más. El dinero de las andas es para la fiesta de Nuestra Señora del Rosario. Lo que sobre es para ayudar a una capilla que debéis mandar construir.
— Quería pedirle la curación de algunos enfermos.
— Sí, curaré a algunos en el transcurso de este año.
Y tomando un aspecto más triste, les recomendó de nuevo la práctica de la mortificación, diciendo, al final:
— Rezad, rezad mucho y haced sacrificios por los pecadores, que muchas almas se van al Infierno por no haber quien se sacrifique y pida por ellas».
Tras pronunciar estas palabras, la Virgen María se retiró, como en las veces anteriores, en dirección hacia levante.
Durante largos minutos los pastorcitos permanecieron en estado de éxtasis. Se sentían invadidos por una alegría inigualable, después de tantos sufrimientos y temores. Por fin, cuando fueron capaces de moverse y caminar, cortaron algunas ramas del arbusto sobre el cual había rozado la túnica de Nuestra Señora y los llevaron a casa. ¡Allí pudieron sentir que los mismos exhalaban un delicioso y magnífico perfume! Eran las «ramitas donde la Virgen Santísima puso los pies»...
 
Quinta aparición: 13 de septiembre de 1917
 
A lo largo de las sucesivas apariciones de la Santísima Virgen en Cova de Iría, había ido aumentando el número de los que en ellas creían. Así, el día 13 de septiembre se verificó una afluencia extraordinaria de peregrinos al lugar bendito, una multitud llena de respeto, calculada entre 15 y 20 mil personas, o tal vez más.
Narra la Hermana Lucía:
«Al aproximarse la hora, fui allí con Jacinta y Francisco, entre numerosas personas que nos hacían caminar con dificultad. Los caminos estaban apiñados de gente. Todos querían vernos y hablar con nosotros, pidiendo que presentásemos a Nuestra Señora sus necesidades. [...]
Llegamos por fin a Cova de Iría, junto a la encina, y comenzamos a rezar el Rosario con la gente. Poco después vimos el reflejo de la luz y, enseguida, a la Santísima Virgen sobre la encina. [Nos dijo:]
— Continuad rezando el Rosario para alcanzar el fin de la guerra. En octubre vendrán también Nuestro Señor, Nuestra Señora de los Dolores y Nuestra Señora del Carmen, y San José con el Niño Jesús, para bendecir al mundo. Dios está contento con vuestros sacrificios, pero no quiere que durmáis con la cuerda, usadla sólo durante el día.
— Me han encargado que le pida muchas cosas: la cura de algunos enfermos, de un sordomudo.
— Sí, a algunos curaré, a otros no. En octubre haré un milagro para que todos crean.
Y comenzando a elevarse, desapareció como de costumbre».
Según el testimonio de algunos espectadores, con ocasión de esa visita de la Santísima Virgen, como en las otras veces, sucedieron diversos fenómenos atmosféricos. Observaron «a la aparente distancia de un metro del sol, un globo luminoso que en breve comenzó a descender hacia poniente y, de la línea del horizonte, volvió a subir en dirección al sol». Además, la atmósfera adquirió un color amarillento, verificándose una disminución de la luz solar, tan grande que permitía ver la luna y las estrellas en el firmamento; una nubecita blanca, visible hasta el extremo de la Cova, envolvía la encina y con ella a los videntes. Del cielo llovían como flores blancas o copos de nieve que se deshacían un tanto por encima de las cabezas de los peregrinos, sin dejarse tocar o coger por nadie.
Aunque breve, la aparición de Nuestra Señora dejó a lo pequeños videntes muy felices, consolados y fortalecidos en su fe. Francisco se sentía especialmente inundado de alegría ante la perspectiva de ver, de allí a un mes, a Nuestro Señor Jesucristo, como les prometió la Reina del Cielo y de la Tierra.
 
Sexta y última aparición: 13 de octubre de 1917
 

Llegó, por fin, el día tan esperado de la sexta y última aparición de la Santísima Virgen a los tres pastorcitos. El otoño estaba avanzado. La mañana era fría. Una lluvia persistente y abundante había transformado la Cova de Iría en un inmenso lodazal, y calaba hasta los huesos a la multitud de 50 a 70 mil peregrinos que habían acudido de todos los rincones de Portugal.
Cerca de las once y media, aquel mar de gente abrió paso a los tres videntes que se aproximaban, vestidos con sus trajes de domingo.
Es la Hermana Lucía quien nos relata lo que sucedió:
«Llegados a Cova de Iría, junto a la encina, llevada por un movimiento interior, pedí al pueblo que cerrase los paraguas para rezar el Rosario. Poco después vimos el reflejo de la luz y, enseguida, a Nuestra Señora sobre la encina.
— ¿Qué quiere Vuestra Merced de mí?fatima4.jpg93
— Quiero decirte que hagan aquí una capilla en mi honor; que soy la Señora del Rosario, que continuéis rezando el rosario todos los días. La guerra va a terminar y los militares volverán en breve a sus casas.
— Quería pedirle muchas cosas. Si curaba a unos enfermos y convertía a unos pecadores...
— A algunos sí, a otros no. Es preciso que se enmienden, que pidan perdón por sus pecados.
Y tomando un aspecto más triste, [Nuestra Señora agregó]: No ofendan más a Dios Nuestro Señor, que ya está muy ofendido.
Enseguida, abriendo las manos, Nuestra Señora las hizo reflejar en el sol y, mientras se elevaba, su propia luz continuaba reflejándose en el sol».
Habiendo la Santísima Virgen desaparecido en esa luz que Ella misma irradiaba, se sucedieron en el cielo tres nuevas visiones, como cuadros que simbolizaban los misterios gozosos, dolorosos y gloriosos del Rosario.
Junto al sol apareció la Sagrada Familia: San José, con el Niño Jesús en los brazos, y Nuestra Señora del Rosario. La Virgen vestía una túnica blanca y un manto azul. San José estaba también de blanco y el Niño Jesús de rojo. San José bendijo al pueblo trazando tres veces en el aire una cruz, y el Niño Jesús hizo lo mismo.
Las dos escenas siguientes fueron vistas sólo por Lucía.
Primero, vio a Nuestro Señor, transido de dolor en el camino del Calvario, y la Virgen de los Dolores, sin la espada en el pecho. El Divino Redentor también bendijo al pueblo.
Por fin apareció, gloriosa. Nuestra Señora del Carmen coronada Reina del cielo y del universo, con el Niño Jesús en brazos.
Mientras los tres pastorcitos contemplaban los personajes celestiales, se operó ante los ojos de la multitud el milagro anunciado.
Había llovido durante toda la aparición. Lucía, al terminar su coloquio con la Santísima Virgen, había gritado al pueblo: «¡Miren el sol!». Se entreabrieron las nubes, y el sol apareció como un inmenso disco de plata. A pesar de su brillo intenso, podía ser mirado directamente sin herir la vista. La multitud lo contemplaba absorta cuando, súbitamente, el astro se puso a «bailar». Giró rápidamente como una gigantesca rueda de fuego. Se detuvo de repente y, poco después, comenzó nuevamente a girar sobre sí mismo a una velocidad sorprendente. Finalmente, en un torbellino vertiginoso, sus bordes adquirieron un color escarlata, esparciendo llamas rojas en todas direcciones. Éstas se reflejaban en el suelo, en los árboles, en los rostros vueltos hacia el cielo, reluciendo con todos los colores del arco iris. El disco de fuego giró locamente tres veces, con colores cada vez más intensos, tembló espantosamente y, describiendo un zigzag descomunal, se precipitó sobre la multitud aterrorizada. Un único e inmenso grito escapó de todas las gargantas. Todos cayeron de rodillas en el lodo, pensando que serían consumidos por el fuego. Muchos rezaban en voz alta el acto de contrición. Poco a poco, el sol comenzó a elevarse trazando el mismo zigzag, hasta el punto del horizonte desde donde había descendido. Se hizo entonces imposible fijar la vista en él. Era de nuevo el sol normal de todos los días.
El ciclo de las visiones de Fátima había terminado.
Los prodigios duraron cerca de 10 minutos. Todos se miraban estupefactos. Después, hubo una explosión de alegría: «¡El milagro, los niños tenían razón!». Los gritos de entusiasmo hacían retumbar sus ecos en las colinas adyacentes, y muchos notaron que sus ropas, empapadas minutos antes, estaban completamente secas.
El milagro del sol pudo ser observado a una distancia de hasta 40 kilómetros del lugar de las apariciones.
Nuestra Señora de Fátima, «¡misterioso don del Cielo! En la hora [...] de los hombres en guerra, en la hora del pensamiento y del sentimiento religioso en crisis por el error, por los desvíos de la razón, por la incredulidad, por la ignorancia, por la frivolidad; por el libre pensar de muchos y por la irreligiosidad de tantos; [...] por las dudas, inquietudes, titubeos, perplejidades, indiferencias, apatías. En tal hora trágica, ante la perspectiva del naufragio en las tinieblas, en la anarquía, en la disolución, ¡desciende del Cielo la boya salvadora! ¡Ahí está Ella, toda Ella, en una esfera luminosa de brillante polvo de oro! Sus pies de rosa se posan en una rústica encina, en lo alto de una sierra árida, y sus labios divinos se mueven para hablar con una inocente pastora. Es hermosa y suave; dulce y triste. ¡Sobre su figura cae tanta luz blanca que sus vestidos quedan blanqueados, y sobre ellos brilla tanto el sol que centellean! [...]
Apareció en su propio mes. Mayo florido, mayo fecundo de las simientes en tierras preparadas y labradas. Apareció en la hora fuerte del medio día, hora que anima el suelo; hora de milagro, que transporta las almas.»
 

 

Santos Argentinos

sábado, 19 de septiembre del 2009 a las 22:17
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San Héctor Valdivielso Sáez,
primer santo argentino

San Héctor Valdivielso SáenzJunto con otros siete hermanos de la Congregación de La Salle y un padre pasionista, San Héctor Valdivielso Sáez fue fusilado el 9 de octubre de 1934 durante la Revolución de Asturias, previa a la Guerra Civil Española. El santo mártir fue víctima de la secta comunista por defender la educación religiosa y los principios de la Santa Iglesia Católica

Héctor Valdivielso nació el 31 de octubre de 1910, en el barrio porteño de Boedo, sobre la calle Castro (hoy Treinta y Tres Orientales), en pleno corazón de Buenos Aires, en el seno de un hogar de inmigrantes españoles. Sus padres, Benigno Valdivielso Angulo y Aurora Sáez Ibáñez habían llegado a la Argentina procedentes de la provincia de Burgos, Castilla, con la idea de progresar económicamente.

Hogar de inmigrante
Héctor vino al mundo en un hogar en el que la felicidad, no exenta de dificultades, fue la tónica principal. Tenía un hermano, dos años mayor que él, llamado José Alfredo. Y pronto nació otra niña, Zulema, por la que Héctor sintió gran afecto.(1)

El futuro santo fue bautizado el 26 de mayo de 1913 en la iglesia de San Nicolás de Bari, que por entonces se hallaba ubicada en en el mismo sitio donde hoy se alza el Obelisco. El tempo era célebre porque en su torre flameó por primera vez la Bandera Argentina.

La familia Valdivielso vivió en Buenos Aires hasta 1914. En esa fecha, cuando Héctor solo tenía tres años, regresó a España, estableciéndose en la ciudad burgalesa de Briviesca, en cuyo templo parroquial de Santa María recibió el sacramento de la confirmación (9 de julio de 1915), de manos del Arzobispo de Burgos, D. José Cadena y Eleta.

Pila bautismal de San Nicolás de Bari. En ella fue bautizado San Héctor cuando la iglesia se hallaba en la intersección de Corrientes y 9 de Julio

Pila bautismal de San Nicolás de Bari. En ella fue bautizado San Héctor cuando la iglesia se hallaba en la intersección de Corrientes y 9 de Julio

Su vocación religiosa
Tenía seis años cuado ingresó en el Colegio de las Hijas de la Caridad, muy cerca de su casa, donde aprendió las primeras letras, pasando a los nueve años –la edad en la que tomó la Primera Comunión bajo la atenta preparación de su madre– a la Escuela Municipal.

Por entonces, hacía un año que su padre, por razones laborales, se hallaba radicado en México, desde donde enviaba a su hijo cartas con máximas y enseñanzas de gran ayuda para su formación moral y religiosa.

Un religioso lasallano, el hermano Celestino Pedro, solía visitar cada tanto a la familia, ocasión en que relataba, entre otras cosas, sus experiencias como educador en Bujedo, las cuales Héctor escuchaba con avidez. Y así fue que comenzó a aflorar en su ánimo el anhelo de abrazar aquella vida, deseoso de seguir los pasos de San Juan Bautista de La Salle.

Después de manifestar esa noble aspiración a su madre, el 31 de agosto de 1922 viajó a Bujedo, con solo 12 años de edad, para iniciar sus estudios con los Hermanos de las Escuelas Cristianas. En 1924 pasó al centro de formación de misioneros de Lembecq-Lez-Hall, Bélgica, y al año siguiente ingresó al Noviciado para recibir su hábito y un nuevo nombre: Benito de Jesús.

De regreso en España, después de emitir sus primeros votos en 1927 y ya como alumno del profesorado de la Comunidad del Escolasticado de Bujedo, comenzó a crecer en su interior el deseo de ser misionero en Brasil o la Argentina.

Al servicio de la educación
En 1929, finalizados sus estudios, fue enviado a Astorga (León), su primer destino, donde enseña, organiza y anima grupos juveniles, escribe en periódicos locales y promueve publicaciones católicas con la intención de acercar lecturas sanas y formativas a familias y jóvenes. Fue entonces que se hizo columnista de “La Luz de Astorga” y “Los Hijos del Pueblo”, en los que publicó incontables artículos, así como también en el madrileño “La Voz del Pueblo”.

Por esa época estaba decidido a dedicar su vida al Señor. “Si Dios me lo permite, estoy dispuesto a sufrir prisión, el destierro y la misma muerte. Estoy muy contento esperando la recompensa que Dios me tiene reservada en el Paraíso”, le escribió a su madre, dando señales de estar templando su alma para el martirio.

Después de tres años en Astorga, Héctor fue destinado a Turón. Allí se trasladó después de un retiro de veinte días en la Casa de Arcas Reales de Valladolid y renovó sus votos trienales el 15 de agosto de 1932.

El pueblo de Astorga lo despidió con emoción. (2)

La revolución de Asturias
Previa estadía en casa de su madre, Héctor llegó a Turón, donde comenzó a enseñar y defender los principios de la familia, de la moral cristiana y de la doctrina católica en general. El 5 de octubre de 1934 lo sorprende allí la revolución de Asturias, movimiento insurreccional ateo y comunista, encabezado por los mineros y campesinos de aquella región, suerte de prólogo a la terrible guerra civil que estallaría menos de dos años después.

Altar de Los Mártires en el Monasterio de Santa María de Bujedo, que contiene las ocho urnas con las reliquias de los santos mártires de Turón bajo la leyenda: “Hic sunt sacræ reliquiæ martyrum”.

Altar de Los Mártires en el Monasterio de Santa María de Bujedo, que contiene las ocho urnas con las reliquias de los santos mártires de Turón bajo la leyenda: “Hic sunt sacræ reliquiæ martyrum”.

El radio del brazo derecho de nuestro santo se encuentra depositado en la Basílica de San Nicolás de Bari de Buenos Aires (Av. Santa Fe 1364) y su cráneo completo en la capilla del Colegio de La Salle de la
misma ciudad

El martirio
Una detonación marcó el inicio del levantamiento, señal acordada por los rebeldes para lanzarse armados a las calles.

“Si bien el clima político era propicio a este tipo de alzamiento, en la zona de Turón, la gran presencia de comunistas conquistó para la comunidad el apelativo de ‘Turón rojo’”.(3)

Ese mismo día, milicianos revolucionarios tomaron por asalto el colegio cuando los hermanos se hallaban en el ofertorio del Santo Sacrificio de la Misa. Revolvieron todo en busca de armas y, al no encontrarlas, se llevaron a los religiosos a los golpes hasta la Casa del Pueblo. El hermano Cirilo, director del establecimiento, preguntó a que se debía aquello pero una andanada de insultos lo hizo callar.

Los religiosos fueron alojados en lóbregas y obscuras prisiones, junto a otros catorce detenidos. “Dormían en el suelo. No les vi quejarse en ningún momento y estuvieron todo el tiempo rezando y muy recogidos...Eran magníficos, eran unos santos...” diría años después uno de sus captores.(4)

Tres días permanecieron allí, privados de agua y comida, severamente vigilados, sin dejar de orar un solo instante, soportando todos los insultos y humillaciones a que fueron sometidos.

Hasta que llegó el terrible momento.

En la madrugada de 9 de octubre la puerta de la prisión se abrió de golpe. Los hermanos fueron sacados a la calle y obligados a caminar de dos en dos rumbo al cementerio, siempre apuntados por sus captores. Iban resignados y silenciosos pero decididos y animados. Al llegar, vieron ocho siniestras fosas que los comunistas habían abierto la noche anterior. Colocados junto a ellas, aguardaron unos instantes a que el enterrador llegase con las llaves, y a la orden de su jefe los verdugos apuntaron e hicieron fuego.

Uno a uno fueron cayendo, el padre pasionista Inocencio de la Concepción y los hermanos lasallanos Aniceto Adolfo, Augusto Andrés, Victoriano Pío, Julián Alfredo, Marciano José, Cirilo Beltrán, Benjamín Julián y Benito de Jesús (San Héctor Valdivielso), todos ellos beatificados por su S.S. Juan Pablo II el 29 de abril de 1990 y canonizados el 21 de noviembre de 1999 en una gran ceremonia que tuvo lugar en la Plaza de San Pedro.

Primer santo argentino
Para entonces, los santos mártires ya habían obrado milagros, uno de ellos la inexplicable cura de Rafaela Bravo Jirón, joven nicaragüense de 24 años, que, afectada por un tumor tenía los días contados. Sin embargo, siguiendo consejo del Hermano Alejandro Zepeda, su esposo, ex-alumno de La Salle, rezó -entre el 11 y el 29 de abril de 1990, día de la beatificación- dos novenas diarias pidiendo su intercesión. El 29 por la noche, Rafaela sintió unos terribles dolores y creyendo que su hora había llegado, comenzó a rezar. Una masa visceral extraña salió de su cuerpo y al día siguiente estaba totalmente curada. Los médicos, perplejos, no encontraron explicaciones para el caso.

Desconocido para toda la feligresía argentina, el santo mártir, víctima de la secta comunista por defender la educación religiosa y los principios de la Iglesia, alcanzó la gloria de los altares.


Notas
1- Telmo Meirone y colaboradores. Héctor Valdivielso Sáez. El primer Santo Argentino, Editorial Stella (Ediciones Paulistas), Buenos aires, 1999, p.19.
2- Cfr. Texto en M. Valdizán, p. 717, en Telmo Meirone y colaboradores, ob. cit., p.40.
3- El Primer Santo Argentino. San Héctor Valdivielso”, Editorial Magenta S.A., Buenos Aires, 1999, p. 14.
4- Positio super martirio, p. 74, en Telmo Meirone y colaboradores, ob. cit., p. 61.

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